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Darle la vuelta a la tortilla

«Ni siquiera uno de mis amigos se ha planteado la posibilidad de arriesgar, de viajar, de soñar, de apostar por una vocación, o por otro estilo de vida (…);la sociedad de consumo, la atadura al trabajo, y sobre todo el miedo, los miedos nos han vuelto mecánicos, pusilánimes, acomodaticios, … incapaces de dar la vuelta a la tortilla«.

Así me comenta por correo electrónico un antiguo amigo de la época universitaria en Pamplona. Se de lo que me habla. La mayoría de la gente con la que me encuentro en mis viajes suele preguntarme precisamente por eso: la fórmula mágica para dar la vuelta a la tortilla. De donde obtuve yo el coraje para, hace más de 10 años, abandonar el barco de la felicidad efímera del consumo y la inestable seguridad de unos muros y un salario.

«¿No te cansas de estar todo el día empaquetando, cambiando de lugar?«, me pregunta mi amigo Portu que acaba de estar conmigo más de 20 días pedaleando por Nueva Zelanda.
Sonrío, pues se lo difícil que es para él buscar la chaqueta para la lluvia a la primera. Solo tiene dos alforjas pero le falta aún la habilidad para abrir la alforja adecuada. Eso lleva muchos años de práctica.
El Portu se fue hace apenas unos días, y tras haber pasado con él las mejores semanas del año 2011, me encontré de nuevo en Auckland y más desamparado que una tortuga sin caparazón. Mi bici y mis alforjas están a miles de kilómetros de aquí, en Queenstown, a donde regresaré el 29 de diciembre para continuar pedaleando por este hermoso país. Sin bici me siento como una gaviota sin barco.
Es difícil explicar la satisfacción que me proporciona estar ahora mismo en casa de una familia neozelandesa a la que he conocido hace semanas mientras vendía mi dvd La Sonrisa del Nómada en un mercado de Matakana. Aquél día había amanecido con lluvia. Pasé la noche en el porche del club hípico, situado a las afueras de Matakana, cuya puerta de entrada estaba sin candar. Así me ponía a resguardo de la lluvia. El mercado se celebra una vez a la semana y prometía ser un desastre pues, al ser al aire libre, el mal tiempo no atraería mucha gente. Sin embargo las nubes fueron desapareciendo y Max y Kath se animaron a visitarlo. Me compraron un dvd y luego me invitaron a su casa a pasar la noche. Así de simple y, porque no decirlo, de imposible de entender para muchas personas cuyas vidas están limitadas por estúpidos convencionalismos. Max y Kath extendieron su invitación para la Navidad si yo andaba por estos pagos.
Así que llamé a Max y su hermano, Tim, me acercó en coche hasta Matakana. En su casa a la orilla de un río que se hincha como un globo cuando sube la marea me siento a escribir esta crónica mientras la suave brisa del mar trata de desnudar un Pohutu kawa: el árbol que se cubre de flores rojas solamente por Navidad.
¿De dónde saca el coraje ese árbol cada año para llenarse de hermosas flores rojas a sabiendas de que el viento las arrancará sin piedad en cuestión de días? El Pohutu kawa le ha dado la vuelta a la tortilla. La belleza es lo único que nos puede traer felicidad permanente. Hay gente que la busca en un viaje sin billete de vuelta, otros la encuentran en los ojos de una mujer, en un poema, en un oficio, en la melodía de una canción de Sakamoto, en un atardecer sin palabras o en una familia que te abre su casa por Navidad.
Todo vale mientras no tenga un precio. Todo lo que se vende en el mercado no es útil para la poesía decía el poeta. Tampoco para la vida. La gente confunde la vida con una competición. Cuánto más dinero tengan al final de esa carrera más habrán triunfado y, en consecuencia, eso debe aportarles felicidad.
Yo he sido feliz durante los días que mi amigo Roberto, el Portu, ha pasado conmigo llenándome de su generosidad (tiempo y dinero) y ahora intento que mi felicidad se proyecte en otras personas. He vuelto a comunicarme con quien puede ayudarme a ofrecer mi clown para los refugiados que llegan a Nueva Zelanda cada año y confío obtener alguna respuesta. La gente se sorprende cuando les digo lo difícil que es llevar mi clown a las personas más desfavorecidas. Ante la ausencia de contactos proporcionados por mi Embajada en Nueva Zelanda he recurrido a la gente local que, en muchas ocasiones, sabe más de la realidad que los diplomáticos.
Un gran esfuerzo de la Imprenta Narcea ha permitido que el nuevo libro Donde termina el asfalto ya esté en manos de algunos de los lectores más ávidos, como Malen, que con 16 años ya ha leído alguno de mis otros libros y que me envía orgullosa una foto con su nueva adquisición. Amenaza con devorarlo. Paquebote está haciendo las entregas con más rapidez con la que el viento tira por tierra las flores rojas de mi Pohutu kawa.
Paz y Bien, e imaginación y coraje para vuestros sueños en el 2012, el biciclown.

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