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Viento y Tierra

Había oído hablar de los Road Trains pero nada de lo escuchado hace justicia a esos monstruos articulados de acero de 55 metros de columna vertebral. Los carteles de carretera aconsejan sintonizar el canal 40 en UHF para avisar al conductor de que estás detrás de ellos y tienes intención de adelantarles. En mi caso me conformo con no ser succionado por alguna de las ruedas de sus trailers. Cuando la carretera está en obras, lo que parece habitual entre Atherton y Charter Towers (más de 400 kms), no hay más que un carril asfaltado. Los Road Train lo habitan en el centro igual que si estuvieran adheridos con un imán. El resto de los mortales nos apartamos como si viéramos la peste al oir el zumbido de estos monstruos. Menos suerte tienen los canguros que son sistemáticamente cegados por las potentes luces de los coches y son atropellados cada noche al tratar de cruzar, a saltos, la carretera. Cada día contabilizo más de quince de estos animales, símbolo de Australia, cuya carne es comida muy lentamente por los pájaros. Su olor a muerte, pesado y penetrante, es el aroma que recordaré de estos campos australianos.

 

El otro recuerdo no tiene olor: es el viento. Siendo justos no es ni mucho menos tan fuerte como el que azota en la ruta 40 de Argentina. Ni la mitad. Pero las grandes distancias en Australia convierten al viento en una pesadilla cuando hay que hacer al día más de cien kilómetros. Y ya comenté que soplando en esta época del año del sudeste y siendo ese mi rumbo, no nos llevamos nada bien. He tenido que recurrir de nuevo a la técnica del turbante cubriéndome toda la cara para evitar que el sol me seque los labios y me obligue a beber más agua de la que puedo cargar. El casco, obligatorio en Australia, ocupa de momento un lugar en las alforjas.
Agotado por la visión de canguros muertos, por los road trains y por el viento, llego a algunos de los abrevaderos que el ser humano ha construido en estos lugares, esto es, estación de servicio, tiendecita, camping… Sentados a la sombra y con un refresco en la mano los australianos me ven llegar sin demostrar el mínimo interés. No espera uno ovaciones a estas alturas pero si al menos una mirada o un gesto que indique donde está el agua potable. Permanecen sentados como si todos los días, cada quince minutos, un viajero subido en una bici cargada a más no poder, llegara a ese lugar.
Casi prefiero ese silencio a la actitud de alguna dama que, el otro día, sin tiempo casi a quitarme el turbante vino a preguntarme si pedaleaba por alguna razón. Tal cual. Me quedé perplejo y le pedí que me repitiera la pregunta. No había duda. Quería saber si pedaleaba por alguna causa de las llamadas de caridad. Ni tenía ganas ni fuerzas de explicarle en ese momento y bajo el sol mi proyecto. No creo lo hubiera entendido. Ella simplemente quería darme dinero, pues ya había metido mano al bolso, y esperaba una respuesta ajustada a su presupuesto para caridades. Así que le respondí que pedaleaba por la lucha contra el cáncer y contra el alzaimer. A lo que me inquirió que si me daba dinero a qué organización iría. No pude seguir con la mentira, en parte porque temía que me diera el dinero, y le dije que iba para tomarme un refresco. Sacó la mano del bolso y se dio la vuelta.
Esta tierra que ahora recorro fue un día tierra de soñadores. De gentes que vinieron aquí buscando un futuro y no haciendo caridad. Como Ezequiel y Maria Dolores. Un matrimonio camino de las bodas de plata que hace más de 45 años llegaron aquí con una mano delante y otra detrás. Durante nueve años Ezequiel cortaba caña de azúcar mientras Maria Dolores le aguardaba en el barracón el que vivían protegidos por una mosquitera verde que, la primera vez que la vió, Maria Dolores pensaba que era una jaula para animales. Luego plantaron tabaco y ahora árboles frutales. Han trabajado a destajo y también han disfrutado de la vida. En las paredes de su casa se ven fotos del almanaque de su pueblo en Galicia, Lira, y todo el día tienen encendida la televisión española. Entre ellos hablan gallego y conmigo lo hacen en castellano con algunas palabras en inglés. En su casa me recuperé de la infección del pie y pronto seguí ruta pues el viento ya me reclamaba.
Ezequiel me ayudó a hacer un nuevo cartel para la bici. El anterior estaba escrito en japonés. Ahora dice “haciendo el payaso por el mundo”. Y es un buen reclamo, o antídoto más bien, contra damas que quieren obras de caridad. Ya no me preguntan tanto. Excepto una pareja en Atherton. Iba a salir del pueblo cuando me llamaron desde el coche. Querían que actuara en el cumpleaños de su hijo. Aclaradas las dudas de porqué y para quién actuó me invitaron sin embargo a pasar la noche en su casa. Sus cuatro hijos son especiales. Todos tienen el síndrome Frágil X, en español no se muy bien como se dice, pero en definitivas cuentas son adultos con mentalidad de niños. Nos reímos tanto que al día siguiente recorrieron en coche más de sesenta kilómetros para venir hasta donde yo había acampado para compartir conmigo la cena. Adorables.
Desde el desierto australiano, Paz y Bien, el biciclown.

 

1Comentario
  • chivolocol
    Publicado a las 09:53h, 05 agosto

    hola alvaro, como fue?
    ya se que no te gusta usar el casco y que por ahora lo llevas en las alforjas, pues te aconsejo que cuando llegue la primavera te lo pongas. ¿porque? pues por que es la epoca de nidificaion y las urracas se vuelven muy muy agresivas, sobre todo con los ciclistas. tenlo en cuenta, ¿ok?