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Donde se acaba la tierra

Los Ainu, el pueblo indígena que habitó hace tiempo esta parte del extremo oriental de Hokkaido, llamaban a esta tierra Shiretoko que se puede traducir por Donde la tierra se acaba. Este brazo de tierra, como un dedo acusador del robo de las Kuriles de Rusia a Japón tras la segunda guerra mundial, es territorio salvaje. Apenas en el dos mil cinco se registró como Patrimonio de la humanidad. Los de la Unesco debían estar ciegos para no haberlo hecho mucho antes. Pero al menos eligieron un buen día para hacerlo. El diecisiete de julio.
El parque nacional de Shiretoko alberga una de las poblaciones de oso marrón más grande del mundo. Ni siquiera las vallas electrificadas con 7.000 voltios evitan que los osos vayan de compras a la frutería del pueblo más cercano. El día que llegué a Akhan el camping municipal había sido cerrado ante la presencia de osos. Deben pensar que si el que hace camping no se puede pagar el hotel de ordinario, lo hará porque haya osos. En cualquier caso y dado que hace años que no visito los campings de pago me busqué un lugar en la naturaleza para pasar la noche. Eso si, antes disfruté de uno de los baños de aguas calientes más espectaculares de mis días en Japón. En la azotea de un hotel desde donde se divisaba un atardecer de pinos y montañas. Invitando por la Oficina de Turismo local. Hay tardes con suerte.

 

La carretera en la parte norte de ese brazo o dedo que conforma el parque nacional de Shiretoko termina en cinco lagos. Más allá la tierra es dominio de los osos. El japonés, sabio y respetuoso con la naturaleza, no ha querido irrumpir en ese escenario que permanece inalterado desde los días de la creación. El sendero que permite acceder a los cinco lagos está hoy en día restringido. La abundante presencia de osos y el deseo de no interferir en su vida diaria ha llevado a la Administración del parque a limitar el acceso. Sólo se puede realizar en grupos de no más de diez personas y con guía cualificado. Y bajo una premisa importante. Si durante el recorrido el grupo se encuentra con un oso se da la vuelta. Y no te reembolsan los 5.000 yen (casi 50 euros por dos horas y media de caminata). La propia carretera que da acceso al parque nacional (la entrada es libre a diferencia del Torres del Paine en Chile y Perito Moreno en Argentina y tantos otros) ya es de por sí espectacular y arriesgada. A diario los osos cruzan la carretera. Y no lo van a hacer frente a un coche pero si a un ciclista con comida en las alforjas.
Entré al parque al atardecer y me dirigí hacia unas aguas calientes gratuitas que estaban en el corazón de la montaña. Al lado había un hotel pero mi cara de agotamiento tras los cuatro últimos kilómetros de subida sirvieron para que, salvando los problemas de comunicación, el de la recepción me dejara poner la tienda en el parking. La monté con la última luz del día, dejé el ordenador cargando en el baño público, y me fui al onsen. Una tenue luz dejaba entrever las tres piscinas de agua caliente, una encima de otra, de uso público. Los clientes del hotel disfrutaban de las habitaciones y yo de la naturaleza. Dentro del onsen la sensación de felicidad es difícilmente superable. Claro que a eso ayuda haber llegado hasta aquí en bicicleta. No me cansaré de repetir que la bici ayuda a disfrutar más de los placeres de la vida, sean un vaso de vino tinto fresco, un plato de lasaña, una taza humeante de chocolate puro, o un onsen. Esos placeres en coche o en moto saben a rancio.
Al día siguiente llegué a los cinco lagos. El día no podía ser más perfecto pues un sol reluciente dejaba ver toda la montaña que
preside el parque: el monte Rasau. Las nubes amenazaban prenderse en su cima pero la montaña quería lucir toda su figura y mostrar las nieves que aún adornaban sus faldas, así que con un gesto muy femenino se despeinaba de nubes. Y la mañana rozó el DIEZ cuando Tae y Tomomi, dos bellas empleadas del parque, me invitaron al recorrido guiado por los cinco lagos. Si, gratis!! Tras los meticulosos consejos del guía sobre qué hacer y qué no hacer si un oso se atraviesa en la marcha, y después de limpiar nuestros zapatos con un cepillo para evitar introducir en el parque especies no autóctonas, comenzamos la caminata. El grupo estaba compuesto por japoneses jubilados y un español en estado de júbilo. Duro apenas cien metros. Había un oso y nos dimos la vuelta.
Regresé al camino y colgué la hamaca cerca del río. Los ciervos se acercaban con curiosidad infantil hasta mi territorio. En realidad su territorio; yo era el convidado. Balanceándome en la hamaca y observando a los ciervos masticar (estaban tan cerca que podía oírles hacer la digestión) no me podía sentir más en armonía con la naturaleza. Solo faltaba que viniera un oso y la jodiera. La escasez de viandas en mis alforjas, o la falta de interés de los osos por el curry, me permitieron acabar la jornada sin visitas y viendo al sol sumergirse en el mar de Okhotsk.
“Hasta mañana”, le dije.
Pero el sol se tomó el día siguiente libre. Y el siguiente, y…, en Hokkaido en verano un día de sol espectacular se paga con tres días de lluvia. Y yo, ¿cuántas noches más en soledad debo cumplir por aquéllos besos? ¿Es la soledad de hoy castigo por las caricias prohibidas de ayer o adelanto del precio a pagar por la venideras?
En la parte sur de ese dedo peninsular la carretera penetra un poco más en el parque nacional. Termina en un lugar en el que hay dos piscinas de aguas calientes. Unas en la montaña y otras por debajo del nivel del mar. He visto una foto y es espectacular. La foto estaba tomada un día de sol. Y hoy, con lluvia más pesada que un niño con una pistola de agua, no he encontrado la fuerza para llegar hasta allí. He cruzado el dedo, en la parte del nudillo mi altímetro marcaba 709 metros, y con niebla y lluvia he bajado a Rasau. Justo dos kilómetros antes de llegar otro onsen público me gritó desde el bosque. O yo estaba helado o sus aguas estaban ardiendo. Pero al salir del onsen mi piel estaba roja. Encontré refugio de la lluvia en un barracón donde por 5 euros puedo: cargar mis aparatos electrónicos, cargar mi propia batería interna, secar la ropa en una estufa de leña, escribir esta nota, corregir capítulos del próximo libro, editar los videos de los clownfunders que optaron por el Pack poster con video, y descansar. Pero lo primero ha sido secar a Karma. Cuando la bici no falla es como cuando tu hijo se va a la cama a las nueve sin rechistar. Es justo mimarla un poco con unas caricias nuevas. A la espera de un día yo, recibir las mías.

Desde donde la Tierra se acaba, Paz y Bien, el biciclown.

 

2 Comentarios
  • Jalal Jombang
    Publicado a las 14:37h, 22 febrero

    Alvaro at Jombang Media Center (JMC), East Java, Indonesia. In cross culture performing art, Dian Soekarno, member of JMC, show his talent on Remo Dance.

  • David Thoreau
    Publicado a las 16:41h, 11 julio

    no me importa repetirme una y otra vez, es que te lo mereces alvaro ¡¡¡ Gracias por lo que nos das ¡¡¡¡