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No hace falta cambiar de gafas

Las mariposas se suicidan en el asfalto que, fundiendo con el alquitrán sus patas, colabora en esa muerte de bellos colores y aleteo incesante. Intento por todos los medios no ser cómplice pero hay tantas mariposas en la carretera que no se si habré pisado alguna con mis ruedas. (Se me encoje el corazón de pensarlo) Los ciempiés también se lanzan a la ruta con fe ciega en su locura de intentar alcanzar el otro lado del arcén. Como si allí hubiera un paisaje diferente del que están a punto de abandonar.

Imagino que los ciempiés pensarán lo mismo de mí: «Ahí va otro ciclista queriendo recorrer el mundo, buscando una puesta de sol diferente, una luna más brillante, una estrella aún desconocida. El muy estúpido ignora que el sol de mañana es el de ayer».
Las mariposas, por su parte, me miran desde el arcén como diciendo: «Otro pobre atrapado por el alquitrán, cree que se mueve, pero está atrapado y pronto morirá».

A ambos no les falta razón. Estoy atrapado por el camino. Me he vuelto un esclavo del sol de mañana, aún más, del de pasado mañana. He contemplado tantos atardeceres sin otra compañía que mi taza de te (la misma que uso desde hace casi siete años) que me he enviciado. No quiero dejar esta vida nómada. O tal vez no puedo. Ni siquiera la falta de un cuerpo de mujer al que abrazarme por las noches es un motivo, como pensé hace tiempo lo podría ser, para saltar de la bici. Esto es demasiado bello. Y no me refiero al paisaje que recorro ahora: Hokaido. Ni a los baños de aguas calientes en que un par de veces por semana froto mi piel salada con una toalla húmeda y jabón. Hablo de la libertad. De la sensación de nacer nuevo cada día. De levantarse sin cargas y sin horario. De no sentir la presión de llegar o no llegar a fin de mes. De no sentir la necesidad de comprar otro móvil, otros zapatos o tener que decidir donde ir de vacaciones. La libertad de no tener que ir a cenar el sábado por la noche con amigos a los que en realidad no soportas.

El verdadero viaje es interior, y comienza el día que te das cuenta que cualquier lugar es tu casa. Mi meta no es España dos mil catorce. Mi meta es hoy. No tengo prisa por llegar porque ya he llegado. Estoy donde quiero estar. Hoy, por ejemplo, escribo esta crónica contemplando un lago casi intacto. No está permitido acercarse al lago sino contemplarlo. Son esas cosas que hace que Japón sea un gran país. Otras malas tiene, pero me las guardo. Ese lago no está rodeado por ninguna construcción, ni hay luces, ni carreteras. La única luz que se ve es la que sale de la pantalla de este ordenador. Ya es de noche y los japoneses se han retirado a sus casas. El lugar queda ahora para el disfrute de animales y nómadas. Resuena en el valle el gruñido lejano de un oso. A lo lejos veo dos lucecitas. Es un zorro que confía que no guarde bien mis provisiones esta noche. Me siento parte de la naturaleza. La lluvia me moja igual que hace con las plantas y los árboles. El sol me seca como hará también con los charcos del camino. Los pájaros me detienen. Su canto es tan perfecto y melódico que intento, en vano, buscar al intérprete. Ni los coches ni las abundantes motos que recorren Hokaido en verano se dan cuenta de esa pieza musical que hay en la naturaleza. Están a salvo de la lluvia pero a cambio de perderse el canto de los pájaros. Ruinoso canje.

Es posible que esta belleza este en tu barrio o en tu pueblo. A menudo no hace falta cambiar de gafas sino de mirada. Sólo que el ritmo de vida de un nómada y el lugar en el que me encuentro ahora, el norte de Hokaido, ayudan a que mi mirada encuentre fácilmente la belleza. ¿Hace cuánto que no caminas descalzo sobre la hierba? ¿Cuándo fue la última vez que las aguas de un arroyo fueron la primera impresión que tu piel sintió al despertarse?

Durante las pasadas semanas he estado trabajando dentro de mi tienda, cada noche, en el guión de La Sonrisa el Nómada, seleccionando los planos que deben acompañar cada frase, tratando de crear metáforas visuales, juegos de palabras, incluyendo la música en los lugares en que la pedía y dejando, en otras, que el silencio sea protagonista. Ha sido como dirigir una imaginaria orquesta. Todo lo que he escrito estaba solo en mi imaginación. Filmina debe ahora recomponer cada segundo para crear esos fotogramas que concebí idóneos para el texto. Al final, tan sólo al final, se podrá ver si el conjunto es armónico, rítmico y con sentido. Algo así como hacer una tarta de varios pisos. Solo la guinda final le dará colorido al conjunto. Las buenas noticias continúan llegando a La Sonrisa del Nómada. Un conocido locutor de radio al que escucho desde hace veinte años ha accedido a ser el narrador del documental. En breve, y en el lugar que corresponde, esto es, El blog de La Sonrisa del Nómada, os desvelaré su nombre.

Desde Hokaido, deseando que el gruñido del oso siga siendo lejano y a la vez que no cese, Paz y Bien, el biciclown.

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El equilibrio es cuestión de paciencia y entrenamiento

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Lago Shikaribetsu: amancer aquí es un sueño.

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