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Reencuentros de luz

Para conectarme a internet en Japón uso un iphone que me prestó Sachi, la chica japonesa con cuya familia pasé un mes largo en Fukuoka. El aparato no tiene tarjeta de teléfono pero detecta wifi. Ocurre que el 99% de los wifi en Japón tienen bloqueado el acceso con contraseña. Hay días en que encuentro uno o dos puntos sin codificar y así puedo actualizar mi estado en twitter o responder a los mensajes más urgentes. Hasta llegar a una casa donde poder trabajar.

Así me pasé varios días en Kyoto, trabajando en la web y aledaños, sin salir de la casa de Yoshi que me alojó. Su vecina es medio japonesa medio argentina, y disfrutamos de grandes veladas cuando regresaban del café en el que trabajan. Lumi hace las tartas de chocolate, manzana y nueces que le han dado prestigio y solera al lugar y Yoshi atiende a los clientes. El negocio fue fundado hace tres generaciones por la abuela de Maya, la joven propietaria que amablemente me invitó a la especialidad de la casa: la tarta de manzana. Lumi me explicaba que hacer cada tarta es un proceso de 3 días de trabajo. Tanto éxito tiene el lugar que Yoshi y Lumi ya odian pelar manzanas.

Este año es especialmente duro para mí. Se ha juntado el nuevo libro, que se encuentra en la fase de corrección, con el nuevo documental. Una carga de trabajo creativo que se me complica estos días al habérseme roto la pantalla de mi ordenador. Por fortuna mis sponsors tienen un corazón de oro y Toshiba España ya está enviándome una nueva pantalla a Japón. Pero las tareas literarias y cinematográficas no son la razón por la que aún no haya sacado mi clown a relucir. Tengo la sensación de que a los japoneses nos les gusta que alguien de otro país venga a ofrecerles su ayuda: sea financiera, tecnológica o clownesca. Los pocos lugares que he conseguido una respuesta a mi oferta de espectáculo terminaban haciéndome tantas preguntas que más me parecía estar pidiéndoles trabajo que ofreciéndoles un espectáculo. Entiendo que sean desconfiados pero llega un punto que molesta. Pero sigo intentándolo. Las esperanzas las tengo depositadas en mi amigo Yoji: un ciclista japonés que conocí al recorrer los pasos de altura en China, cerca de Tibet, y que ha regresado a su país para ayudar a su pueblo. Él ha perdido varios familiares con el tsunami. Ahora está en la zona e Sendai, tratando desde hace semanas de obtener contactos para que mi espectáculo tenga lugar, pero de momento no hay resultados.

Me he alejado de las rutas plagadas de 7eleven y McDonalds para oler de cerca la primavera. Las carreteras se estrechan y las ramas de los pinos japoneses se enganchan en mi turbante recordandme el limite de velocidad adecuado para disfrutar de la vida: el que alcanza una mariposa planeando sobre las rosas. Asi he llegado a Ueno y me he reencontrado con Kuro, un japones con el que pedalee en el desierto del norte de Kenya, y con Salva, el granadino con el que me cruce en Iran, Pakistan, Indonesia y Mongolia. Kuro ahora esta casado con Mijo, que es un sueño hecho mujer. Por si fuera poco encima toca uno de mis instrumentos favoritos, el bandoneon. Hay hombres con suerte. Kuro lo es. Vive en un pueblito de montana en el que los pajaros te recuerdan que la naturaleza esta de tu lado.

Salva vuela pronto a Alaska y sera nuestro ultimo encuentro en muchos anhos. Juntos hemos batallado la vida buscando siempre el lado mas placentero. Reconozco sus silencios, sus chistes y sus despertares. El camino nos ha ido moldeando con identico barro y la vida nos ha pintado la misma sonrisa. En sus ojos abunda tambien esa luz que no aspira a ser faro de marineros sin barco ni timon. Una luz que se alimenta de amaneceres de libertad sin mas compromiso que dar las gracias por sostener una taza de cafe.

Yo he hecho planes de futuro y tengo vuelo a Australia para el dia 18 de julio. No ire a Filipinas pues no quiero pelear con el monzon. Ahora espero la visa australiana y las gestiones de Yoji para tratar de hacer mi show en Sendai. Rumbo a Hokkaido para regresar en julio a Osaka desde donde volare. Jetstar se ha comprometido a no cobrarme el exceso de equipaje y Karma salta de contenta. Creo que la mimare un poco mas esta tarde con algo de mecanica.

Y sigo rumbo a Tokyo donde espero conocer nuevos seres maravillosos gracias a ese iman de buen karma que es mi bici: Karma.

Paz y bien el biciclown.

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