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Unas noches son así

Justo acababa de empezar a colocar la esterilla y desenrollar el saco cuando llegó un coche. Al principio el hombre no se dio cuenta de mi presencia porque mi zona estaba a oscuras. Ya hacía una hora que el sol se había ocultado y la noche empezaba a tragarse las últimas luces del puerto. Mi emplazamiento para pasar la noche era la parte trasera del mercado de frutas y pescado. Aunque habían cerrado todavía llegaba alguna furgoneta para retirar mercancía. Volví a empaquetar todo pues no me apetecía dormir allí si cada dos por tres llegaban coches. El hombre se acercó y le saludé en japonés. Leyó mi cartel de vuelta al mundo desde el 2004 y me preguntó si quería dormir allí. No pude negárselo y sonrió. No problema, me dijo.

Antes de empezar a sacar de nuevo los bártulos para dormir mi nuevo amigo apareció con tres paquetes de pescado seco. Ya tenía cena y cama. Monté la tienda bajo el techo del mercado y abrí el primero de los paquetes.

La noche anterior había tenido un poco más de suerte. En realidad había tenido mucha suerte. El viento no había cesado de soplar en contra y con fuerza en toda la jornada llegando a tirarme de la bici en una ocasión (150 kilos de peso). Pero luchando en cada metro llegué al cabo más al sudoeste de la isla de Kyhusu. Los molinos de viento instalados en la cima de la colina atestiguaban que allí el viento no era casualidad sino que se le esperaba cada día. El único lugar abierto en todo el pueblo pesquero era un bar que, desde fuera, parecía cerrado. Dentro no había más que un comensal. Un pescador apurando una jarra de cerveza. Asomé la cabeza y la mujer que atendía el negocio me hizo pasar. El plato más barato eran 850 yens, pero le enseñé una moneda de 500 y aceptó el envite y me preparó un suculento manjar. Las comidas en Japón son siempre varios platitos: arroz, sopa de miso, pollo, patata dulces… La mujer sonreía al ver mis ojos abrirse ante tanta comida. El pescador me invitó a una gran jarra de cerveza y ya no me importaba que fuera de noche y que hiciera un frío de mil demonios en el exterior. Una chica con uniforme entró al bar. Se vino directa hacia mi y me preguntó donde dormiría esa noche. Apunto estuve de decirle que a su lado pero me contuve pues imaginé traía alguna noticia. Era la recepcionista del hotel de al lado y quería saber cuanto podía pagar por dormir allí. No había visto el hotel pero a juzgar por el elegante uniforme de la muchacha debía tener unas cuantas estrellas. Me aseguró que había duchas calientes y que podía descansar mucho mejor que en mi tienda. Así que le ofrecí 1.000 yen (unos 9 euros). Creo que no le dio la risa por educación. Se fue y regresó al rato. Yo ya había terminado la comida y la jarra y empezaba a pensar en cómo salir al exterior. La chica vino sonriendo. Había telefoneado a su jefe y me invitaba al hotel.

La habitación tenía más metros que mi pisito en Madrid. Eran dos alturas y la ducha estaba afuera. Era una piscina de aguas calientes tipo onsen. El tradicional baño japonés. No había más clientes. Cuando abandoné el establecimiento a la mañana siguiente tras un típico desayuno japonés, más suculento que muchas de mis comidas, vi la lista de precios. Una habitación valía 9450 yen.

El día anterior había pernoctado en el suelo de un baño público. Limpio pero sin puertas ni luz. Y la jornada anterior también en otro baño pero más grande pues era de discapacitados. Así pues mis días se cuentan por mis noches. En Japón nunca se sabe donde te encontrará la luna: si en un retrete, en un templo o en un hotel de tres estrellas. Poco importa al día siguiente toca lo mismo: ponerse el mono y a pedalear.

Paz y Bien el biciclown.

P.D el 21 de marzo acaba el concurso pack clownfunder

P.D. Mucho ánimo a Carlos en la carrera de hoy entre Tuñón y Teverga. El hombre ha hecho una camiseta especial para promocionar La Sonrisa del Nómada.

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