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Son humanos aunque vayan de verde

Recuerdo muchos cruces de fronteras. El más difícil sin duda fue el de Turkmenitán hacia Irán. Cuando el policía turkmeno me despegó las tapas del pasaporte y su colega iraní no me dejaba entrar con el pasaporte despegado. Pero posiblemente el más estúpido sea el de la frontera, única, de China con Mongolia. Apenas un kilómetro entre el norte de China y el desierto del Gobi. Pero Dios mío, cuántas familias viven de ese cruce humano. En el lado chino tienes una maquinita con la que mostrar tu nivel de satisfacción por la atención del militar chino que te ha sellado el pasaporte: descontento, normal o contento. Siempre se me olvida apretar el botón. Tal vez porque no existe la opción: hasta las pelotas de tanta burocracia.

Del lado de Mongolia no tienen la maquinita de la satisfacción, pero si la de Rayos X. Y parece que la han adquirido hace poco pues te obligan a pasar las alforjas por ella aunque estés abandonando el país. Pero para llegar a la máquina tuve que subir (y bajar) la bici a un camión para hacer 150 metros. Luego meterla en un oxidado jeep dirigido por una gordita mujer con la sonrisa tan oxidada como el coche. Llegó a golpear a mi amigo Pablo porque no metía suficientemente rápido la bici en la parte trasera del coche. En parte porque la puerta trasera del coche debíamos sostenerla con una mano pues se abatía sobre nuestras cabezas al estar libre de muelle. Este trayecto en jeep no llegó a los cien metros. Volver a bajar las bicis, colocar todo en los portabultos y pasar por Rayo-X de Mongolia. De nuevo quitar y poner alforjas. Este trámite lleva unos 5 minutos. 10 minutos a Pablo que tiene la bici que parece un mercado ambulante. De Mongolia a China, ya con el sello de salida en el pasaporte, la hicimos en un camión Mongol. Al llegar a China, tan solo 150 metros más adelante, volvimos a bajar las bicis y acomodar las alforjas en los portabultos (ahora ya me lleva sólo 4 minutos). Por fin los chinos se apiadaron de nosotros y, cuando ya teníamos localizado otro camión para salir de ese lío de barreras y miradas de odio, nos dejaron pedalear los últimos 100 metros. En cuanto entramos en Erlian, justo al otro lado de la barrera, nos abrazamos como si viniéramos de la jungla amazónica, de subir el Everest, de recorrer el Polo sur en camiseta.
El negocio de los taxis-jeeps es de 6 euros por pasajero y por trayecto. Dentro de esas viejas máquinas no caben bicicletas ni apenas bultos. Las personas viajan hacinadas ante la mirada fría e indiferente de los funcionarios con gorra de y barriga de plato. Más de dos horas nos llevó cumplimentar la absurda burocracia que impide pedalear o caminar por esa frontera. En ella se guarda el tesoro de los 6 euros por cabeza que da de comer a muchas personas, seres humanos, aunque vayan de verde y con una porra en la mano.
Como los políticos y demás peces gordos que podrían hacer algo para remediar ese inhumano cruce fronterizo viajan en avión a Ulaan Bataar o Beiing ni siquiera son conscientes de lo que se cocina en tierra de nadie.
Paz y Bien el biciclown.

Al otro lado de la estupidez Antes de salir

2 Comentarios
  • Aramo
    Publicado a las 00:23h, 15 octubre

    Desdeluego, da que pensar que en cualquier parte del mundo haya estas estupideces. esperando la próxima entraga, te deseo suerte.

  • Gallofa
    Publicado a las 19:19h, 05 noviembre

    Las fronteras y las dificultades de acceso a un país ó a otro ( nunca benefician y dificultan al individuo, su derecho a desplazarse, por cualquier motivo, sobre todo, para mejorar sus expectativas de vida ). Deberían de abolirse. Ya estáis en China, país enorme en todos los sentidos y que seguro os calará hondo. Espero, como agua de Mayo, vuestras experiencias. Cuidaros.