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35ºC bajo la axila

El tapiz rojo y gris del cielo se iba rompiendo, a cada minuto, sin esperar que los habitantes de la capital se despertaran. La mañana se desperezaba lentamente, sabedora de sus encantos infinitos, sin importarle lo más mínimo que solo unos cuantos apreciáramos sus arrugas de nubes. Es el estribillo de cada amanecer en este país. Acababa de dejar a Koos en el aeropuerto tras su segunda visita en mi Vuelta al mundo. La primera hace tres años en el Cairo y la segunda ahora en Mongolia. Promete una tercera antes de otros tres años.

Me junté con Jordi y Ana para dirigimos hacia el lugar del espectáculo; a las afueras de la ciudad y curiosamente rumbo al aeropuerto. La potente luz del sol ya había comenzado a derretir el manto blanco que se extendía, a primera hora de la mañana, sobre las praderas de Mongolia. En la escuela a la que acudían los chicos del Orfanato, http://www.lotuschild.org/, no había más que una persona. Era el hombre encargado del sonido. Una buena señal. Acústica, al menos. La responsable, a la que llamé el día anterior para rematar los detalles, no se acordaba de que el día 2 teníamos previsto el espectáculo. Era un mal augurio y las cosas iban lo mal que se podía esperar. Quince minutos antes de la hora prevista para empezar, en el salón había:
– Un payaso con mala leche
– Dos cámaras españoles
– Un hombre sentado enfrente de una mesa de mezclas
– Veinte niños jugando despreocupados sobre la sucia moqueta
– La luz del sol, irreverente, iluminando la patética escena

Hablarle seriamente, en un idioma que no es el tuyo, a una persona que acabas de conocer y con tu cara pintada de payaso, no resulta muy convincente. Pero tuvo su efecto. Media hora más tarde en el salón ya había 120 niños del Orfanato. No era lo prometido pero era lo más que se podía obtener esa mañana. Me levanté del banco (donde dejé aparcada la mala leche) y me terminé de preparar.

Los chicos lo disfrutaron de lo lindo. Revisando las imágenes que Jordi y Ana grabaron las risas continuadas lo corroboran. No son esas risas enlatadas que acompañan las acciones de Mr. Bean. Son sinceras, profundas, generosas, descaradas, adorablemente irreverentes. Prefiero hacer los saltos mortales con red, pero por esta parte del mundo mis espectáculos no han contado con ella.
Mi clown y mi Karma salen reforzados de Mongolia. Karma con la nueva rueda trasera traída en mano por Koos desde España. El clown con la seguridad que otorga saber que es posible trasformar una gélida mañana en calurosa.
El lugar donde trasporto mi maquillaje en mis alforjas (que estrené en esta ocasión y que fue regalado por Bea que me visitó en Camboya), es también el lugar donde llevo mi termómetro. El mismo que el año 2005 marcó 41ºC. Poco antes del espectáculo marcaba 35ºC. Imagino que al finalizar marcaría un grado más.
Desde la capital de Mongolia (algo así como mi casa) Paz y Bien, el biciclown.

 

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Alguien me ha quitado la nariz Preparándome con antelación

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