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El arco iris más pequeño del mundo

Con la rueda trasera hecha un ocho no me quedaba más opción que buscar trasporte hasta Ulan Bator. La fortuna quiso que en ese pequeño pueblo en mitad del desierto del Gobi hubiera un apeadero del tren que va de la frontera hasta Ulan Bator. Tras algunas discusiones con dos borrachos y con dos bellas revisoras conseguimos meter las bolsas y las bicis en el tren de vapor de catorce vagones. A la mañana siguiente llegamos a la capital de Mongolia.

Con apenas un millón de habitantes la ciudad es caminable. Aunque los atascos en hora punta no tienen mucho que envidiar a los de una gran capital. Los trolebuses y los autobuses de la era de Stalin (al menos) están abarrotados de bellas mujeres y de serios trabajadores. Al igual que en otros países de Asia Central, las mujeres en Mongolia, sienten gran afición por la minifalda y el maquillaje. Sus largas piernas puede ser la causa de los atascos. Los mongoles parecen acostumbrados a tanta belleza y no les hacen más caso que al vodka.
Mi nueva rueda trasera enviada por Bike-tech (millones de gracias!!!!) llegó en apenas 7 días. Gracias a algunos contactos en la KGB mi amigo Salva obtuvo la visa rusa en tiempo record y en circunstancias de comic y ambos estábamos listos para abandonar la capital mongola. Adiós a los helados, a los atascos, y a las piernas de vértigo. Nos aguardan los caballos, las ovejas, el queso, las ger (o tiendas de los nómadas), los lagos cuya agua se puede beber sin filtrar, los cielos limpios, las tormentas, los horizontes infinitos, las estrellas fugaces y las aves rapaces.
Siempre he deseado pedalear por Mongolia. Siendo uno de los países con menos densidad de población del mundo hay escasos edificios. Incluso en la capital abundan las ger. Al dejar atrás Ulan Bator también se abandona pronto el asfalto. No hay más forma de guiarse que un mapa y el sistema GPS (ger pointing system). Es decir. Parar en una ger y confiar en la puntería del mongol que te señala, con el dedo, el lugar que buscas. Los conductores son un tanto peligrosos. Piensan que llevan un caballo y te pasan a veces demasiado cerca. El consumo de vodka a las ocho de la mañana también contribuye a sus habilidades de pilotaje. Me siento más seguro pedaleando por la estepa. No hay carriles, ni arcenes, ni señales, ni distancias. Las águilas me guían. Su vuelo es como mi pedaleo. No tiene más finalidad que la búsqueda de la belleza y no se detiene hasta que se cansa. El placer de caminar descalzo sobre la hierba. A tus pies no hay tan sólo un pedazo de terreno mas un ser vivo que se desplaza por el Universo: La Tierra. Recorrer el mundo en bici (más que dar una Vuelta al mundo) es una empresa titánica. Transformarse en un vagabundo para sentirse un príncipe. Cada noche un lugar nuevo. Únicamente la belleza conquistada puede no ser efímera. Nada de lo que se pueda comprar con dinero tiene otro valor que el material. Y lo material es pasajero. Sin embargo, la caricia del sol al despertar, la sonrisa (robada) a un niño que no habla tu idioma, el viento que se pone a tu favor unos kilómetros, la mujer que te ofrece un lugar para dormir en medio de la tormenta…; eso permanece en la memoria del príncipe-vagabundo.
He hecho algunos contactos en Ulan Bator para actuar y he tenido algunas entrevistas para hacerlo, pero de momento no hay frutos. Mi clown ha aprendido también a cultivar la paciencia. A reflejarse solamente en los espejos que le colocan delante.
Pero la paciencia solo crece en la tormenta. Y la que estoy viviendo ahora es de las más difíciles. L a nueva rueda aguantó tres días. Probablemente vino rota en el trasporte desde España pero no lo ví en su momento. Lo descubrí al salir de Ulan Bator. Un agujero, más grande que el que tenía la llanta, se abrió a mis pies en la bella estepa mongola. Un viaje de 7 horas en camión me devolvió, a las tres de la madrugada, a Ulan Bator. En bici me había llevado cuatro días. Cuatro días de belleza absoluta y de silencio acogedor. Koos me ofrece hasta su propia rueda para poder seguir viaje, pero no quiero abusar de su generosidad ni correr el riesgo de otro envío que pueda romper una rueda más. Trataré de comprar una bici de segunda mano para pedalear un mes en Mongolia, ajustar mis portabultos, y confiar en que la tormenta pase. Días como hoy uno descubre que no hay límites para la paciencia. Que cuando uno cree que no puede más aún queda mucho por hacer. Que los buenos amigos no hacen preguntas sino que ofrecen soluciones. Que soy casi un centauro en bicicleta. Si ella se rompe mi alma se quiebra. Y que la sonrisa aún se dibuja en mi cara a pesar de que las lágrimas asomen. Días como hoy en mi rostro hay un arco iris.
Paz y Bien, Álvaro el biciclown

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Atardece en la estepa La rueda trasera rota

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