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Enterramientos en el cielo

No es esta una historia fácil de escribir ni de leer. Pero no contarlo supondría ocultar una parte importante de la cultura tibetana. A 4.000 metros de altura, cuando en Junio puede caer una nevada, la tierra es dura y no permite que la azada le abra un agujero de metro y medio. No es posible por lo tanto enterrar a los muertos. Por causa de la misma altura los árboles escasean. No hay leña suficiente para incinerar a los muertos. Qué hacer con ellos? La respuesta tibetana es tan lógica como difícil de digerir para nuestra cultura. Que sean los buitres carroñeros los que hagan el número de magia. Hay que pensárselo tres veces para ir hasta la montaña para presenciar la ceremonia.

El coche derrapa por la ladera y se detiene a media altura. Todas las puertas se abren menos las del copiloto. De ella, segundos más tarde, desciende un lama. Se sientan sobre varias alfombras que son rápidamente apostadas a sus pies y, tras un tiempo bien breve, se vuelve a subir al coche que inicia el descenso y abandona el lugar. El lama ha señalado con tan sencillo gesto el lugar donde han de dejar el cadáver. Más abajo colocan otro cadáver. Es el de un joven que está desnudo enrollado por un plástico trasparente. Hace frío. Y más abajo se divisa la ciudad de Litang que parece ajena a ese ritual diario. Hoy son dos cadáveres ayer fueron cinco. Demasiada comida para los buitres que demoraron más de lo previsto en terminar con el quinto. Estaban tan llenos que no podían remontar el vuelo y avanzaban dando saltos de canguro.

El sonido de un cuchillo siendo frotado contra otro corta el aire gélido de la mañana. Un hombre de rostro azulado por el azote del sol y envuelto también en un plástico se aproxima al cadáver. Su gesto no difiere del taxista que arranca su coche en ese momento o de la mujer que levanta la malla metálica de su tienda de menaje. Va a hacer su trabajo. Hacer cortes en el cuerpo desnudo para facilitar el trabajo de los buitres. Los cortes están hechos de modo simétrico y de ellos no mana sangre alguna. Los ejemplares más grandes parecen recriminar al hombre la lentitud de su trabajo. Pero éste no se incomoda por la presencia de los buitres a su lado. Cada uno sabe su tiempo de actuación. Cuando el hombre se retira, como si ese gesto ocultara una orden, todos los buitres de la ladera se abalanzan, cubriendo, el cadáver. Al retirarse diez minutos más tarde parece que ha ocurrido un milagro. No hay nada. Unos huesos donde antes había un cuerpo de un adulto. Es increíble la eficacia de los buitres. El hombre del cuchillo cambia ahora su útil por un hacha y, con cansino gesto, va desmenuzando los trozos para que los cuervos, que aguardaban a que los buitres se saciaran, participen de la ceremonia.

Los familiares más directos no pueden presenciar la escena. No lo soportarían. Alguien lleva una pequeña lápida hacia el lugar donde los buitres se dieron el festín. Los tibetanos no comen ninguna ave de pluma que vuele (por evidentes motivos), pero tampoco peces. Puesto que los niños fallecidos son arrojados en pequeños pedazos al río.

Podeis pensar que este sistema es salvaje o primitivo. Pero si superáis vuestros iniciales y lógicos recelos, es un sistema natural, ecológico y justo. El hombre ha venido a la tierra, se ha comido cientos de animales y al final los animales se lo comen a él. No queda rastro físico de su paso. Sólo se recordaran sus obras, buenas o malas.

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El hombre
El lugar
El hombre trabajando y los buitres
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