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En tierra de yaks

Son posiblemente lo más parecido a un vaquero que puedes ver hoy en día. Aunque no van ya a caballo sino en moto. Las marcas de estos vehículos son de risa. Unos nombres de lo más imaginativo aunque todas acaban rezumando Honda, Yamaha o Suzuki por alguna parte de su nomenclatura. Los jinetes o pilotos llevan sombrero de ala ancha estilo Jhon Wayne y no casco. Calzan botas de cuero (o casi) y llevan gafas de sol estilo Ray Ban (o casi). Unas enormes chaquetas, las mangas son vez y media el brazo, los resguardan del frío que acostumbra a hacer a 4.000 metros. Posiblemente ninguno tenga licencia de conducir ni haya recibido clase alguna. Ya se han visto jinetes tratando de frenar la moto tirando del manillar hacia atrás. Casi todas van equipadas con un potente altavoz que las anuncia de lejos tanto como el motor del vehículo. Las melodías parecen cantadas por una madre que está viendo torturar a su hijo.

Ellos, puesto que aún no he visto una tibetana pilotando, son parte del paisaje cotidiano en mis días en las alturas. Otro son los inacabables valles por los que pastan los yaks. Los parientes peludos de las vacas. El aire huele a mierda de yak. También mi te. Puesto que se mezcla con mantequilla de yak. Creo que hasta mi saco ya huele a yak tras haber pasado una noche en una tienda de pastores a 4.300 metros. Como todos los días amenazaba tormenta al atardecer y no era lo mejor coronar el paso esa tarde. Decidí acampar pero recibí la visita de un tibetano con un cuchillo en la mano pidiéndome dinero. Le lancé un órdago. Me quité la camisa (hacía un frío terrible pero había que hacerse el valiente) y le dije que me rajara. Varios pastores vinieron a ver qué pasaba y el chico se largó con la moto. Decidí aceptar la invitación para dormir con una familia de pastores. Su tienda era una de las mejores definiciones de pobreza que he conocido. Pero la estufa en la que ardía mierda de yak me parecía digna de un palacio. Probé la tsampa por vez primera. Se mezcla en un cuenco te, mantequilla de yak y una especie de harina tostada. Más correcto sería decir: mezclo. Se hace con la mano y el arte de hacerlo sin derramar la mitad en el suelo aún no lo domino. La energía que brinda la tsampa es asombrosa. Prácticamente es lo único que ellos comen día y noche. Y gracias a la tsampa he subido muchos de los puertos de más de 4.000. Ya he perdido la cuenta de los que llevo. Creo que más de diez. Parece una costumbre tibetana o china que los últimos kilómetros de los pasos estén sin asfaltar. No se si tiene algo que ver con el budismo o con el frío que hace en esas alturas que impide que el asfalto se asiente. Aunque el asfalto que hay por aquí más bien parece chocolate. Modulado por el viento hace que pedalear sea parecido a hacerlo por la vía del tren. La digestión de la tsampa con ese incesante traqueteo es algo que asombraría a cualquier estomatólogo.

Los perros conforman también la postal tibetana que me llevo escrita en la piel. Atacado por todos los flancos no pude evitar la mordedura de un can. Aunque no llegó a traspasar la epidermis sin agujereó mi moral. Ahora me salen de todos lados ante la presencia, pacífica, del dueño.

Noche tras noche encuentro refugio en mi tienda que ya ha aguantado vientos y lluvias, lo suficientemente fuertes para declararla tienda del año. Me cuesta menos tiempo hallar lugar para plantar la tienda que encontrar un hotel barato y no demasiado sucio en Tibet. En Dege me tiré hora y media. Y tuve que mudarme al día siguiente ante la bulliciosa vida de mis vecinos. En Serxu sólo fueron dos horas. Y eso que el pueblo tiene apenas dos calles. Estoy en un rango de hoteles que, no es que no tengan agua caliente, no, es que no tienen ni baños. Así que mis duchas son cuestión de imaginación. Ya me ha quedado claro que los tibetanos no se duchan. Desde mi punto de vista higiene y frío no tienen porque divorciarse, pero debe ser algo cultural.

La policía está cada vez más presente en los pueblos. Con sus coches y altavoces emitiendo órdenes cómo si estuviéramos en un estado de emergencia. Y desfilando por la calle ante la mirada alucinada de los tibetanos que siguen dando la vuelta al monasterio como si aquello fuera una película que no va con ellos. Cámaras de televisión vigilan el quehacer de los tibetanos en pueblos como Serxu con dos calles y mucho frío. A casi 4.200 metros hay que parar a respirar de vez en cuando.

Durante unos días he pedaleado con un grupo de 10 personas de diferente nacionalidad que van rumbo a Lhasa. Lo más sorprendente es que están capitaneados por un hombre de 70 años. Mr. Hutch que tiene el sueño de ver el Monte Kailash desde su sillín. Incluso he llegado a pensarme en unirme al grupo y entrar en Lhasa. Pero reflexionando los pocos minutos en que he bajado de 4.000 metros y mi cerebro recibió un poco más del 68% de oxígeno lo he descartado. No es que cueste una pasta entrar en Lhasa, ni que sea un lío luego mi visado chino…, es que mi alma no lo ve claro. Me llaman esas tierras, por supuesto, pero no bajo control chino. Y después de haber visitado Jachi, una villa donde el 99% de los edificios son de adobe y donde el único vestido con pantalones en vez de faldón granate era yo, me queda la duda de si Lhasa no será un circo de turistas chinos sin la presencia del director de pista.

Recorreré durante un par de semanas más el Tibet. El Tibet legal y llegaré a Xinin. Desde ahí tal vez pueda pedalear hasta la frontera de Mongolia. Suenan vientos favorables para esa parte del viaje. Algunos amigos amenazan con unírseme unas semanas y en noviembre volveré a China para pasar el invierno en Shangai. La idea de recorrer Siberia en invierno también era tentadora pero el Tibet ha mandado al guerrero a descansar.

Desde Mado, oliendo a yak, Paz y Bien, el biciclown.

8 Comentarios
  • Fernando Pejenaute
    Publicado a las 06:40h, 25 junio

    Mi enhoabuena a Alvaro y a la gente de Moluanda por la nueva web…..

  • Angel Chéliz
    Publicado a las 10:06h, 25 junio

    Me resulta gracioso ver que tu haces la misma ruta por China que hice con moto, pero al revés. Estoy de acuerdo contigo en que el Tibet histórico y sus altas praderas con Yaks y la soledad tienen algo de místico. Desde luego fue lo que mas me gustó de mi viaje.
    Tienes que conseguir esas orugas parasitadas por una seta que venden en esa zona. Algo deben de tener porque in situ cuestan sobre 2 euros cada una y luego las vi en HOng Kong a 35 euros la unidad.Por lo visto refuerzan las defensas y curan muchas enfermedades.

    Saludos desde Aínsa (Pirineo Aragonés).

  • fptruedas.blogspot.com
    Publicado a las 10:33h, 25 junio

    apasionante la nueva narracion, tentadora como siempre, soñadora como nunca
    un abrazo y animo

  • Fer
    Publicado a las 13:04h, 26 junio

    Bien, Álvaro!!
    Sigue así y cuando afrontes esos puertos, ten en cuenta que tienes el apoyo de todos los que leemos tus crónicas y seguimos tu proyecto y tus publicaciones desde hace mucho tiempo!
    No sabes cuánta gente pedaleamos contigo aunque no puedas vernos.
    Por cierto, la nueva web es estupenda.

    Un abrazo y mucho ánimo!

  • Cristina de Rosario
    Publicado a las 02:55h, 27 junio

    Hola Alvaro, me parece bien que pases el invierno en Shangai… Siberia, debe ser terrible… Te mandamos un abrazo y saludos a los yaks!!!

  • Miguel Aramo
    Publicado a las 23:10h, 04 julio

    Uno más de tus lectores te saluda y te da animos para que sigas con tu viaje.

  • José Antonio
    Publicado a las 21:40h, 08 julio

    Ánimo Alvaro, a mí también me gusta leerte, incluso te envidio (sanamente), pero para hacer lo que tú haces hay que estar hecho de otra pasta, mas especial y que pocos tienen. Un saludo y te seguiremos con interés.

  • LUIS
    Publicado a las 21:27h, 13 julio

    Impresionante tus relatos Alvaro, yo estuve el año pasado también en China, pero nada que ver con tus vivencias, como dicen por ahí te envidio sanamente,
    seguro que Mongolia será mas acogedora pues sus gentes nomadas lo llevan así escrito en sus genes y te lo digo por experiencia, un abrazo y saludos desde Fuente del Arco al sur de Badajoz.