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EA9CP

La antena medía unos dos metros y medio (aunque se plegaba, insistía Toño). El trasmisor pesaba casi tres kilos (pero que era eso para mí, decía Toño)

A Toño y Maria los conocí después de mi proyecto en Sudamérica. Me llevaron a comer pitu caleya (pollo del camino) a las afueras de Oviedo. Con un bueno potaje, vino con casera, y arroz con leche. Mierda qué buenos momentos pasamos. Toño era radioaficionado y quería que yo hiciera conexiones desde varios lugares del mundo para así conseguir algo de dinero para mi viaje. Por eso me llevo un día a su casa y me mostró el equipo, portátil, que ya había preparado para mí. Siempre estaba preocupado por saber si yo tendría suficiente. A pesar de lo cual me llamaba cochino capitalista. Y era él quien andaba con un mercedes rojo. Con ese mismo coche, y con Maria, vino a verme a la altura de Salamanca cuando empecé la vuelta al mundo. Tan sólo para comer conmigo y darme un empujón.

Su hija Virginia me comunicó ayer mismo la triste noticia. Mi vuelta a Oviedo dentro de unos años no será la misma sin Toño. Todo un personaje que ahora ya retransmite desde el cielo con su nombre: EA9CP. Corto pero no cierro mi querido amigo.
Dali es una Torremolinos de montaña. Los abueletes chinos son paseados en coches eléctricos por las adoquinadas calles y, si descienden, es para seguir a la guía que les dirige banderita en mano, y alta, y micrófono en la traquea. Pero si sales a primera hora de la mañana verás a las auténticas abuelas chinas, las campesinas, con sus cestos de mimbre a la espalda comprando verduras, pescado o carne para hacer la comida. A casi dos mil metros de altura parece que los coches eléctricos no funcionan bien a primeras horas de la mañana.
Aunque han pasado poco más de diez días desde que salí de Laos, es decir no estoy muy lejos, he dado más vueltas que un tiovivo. Carreteras cortadas por obras y pasos de montaña que parecían colocados por un bromista. Subir a 1.900, bajar a 800, subir de nuevo?
He gozado de cierta hospitalidad china. Una tarde con el sol ya despidiéndose de los arrozales estaba dispuesto a colocar mi tienda en un pequeño espacio que encontré no cultivado cuando los labradores, un matrimonio, vino a verme. Sin entendernos apenas me invitaron a su casa. Ahí al lado. Otros siete kilómetros más, ya casi de noche, y subiendo. Cenamos en su cocina y me dieron un cuarto de uno de sus hijos. Hablamos poco y sonreímos mucho. La sonrisa es el lenguaje universal por excelencia.
Como Dali recibe cierto turismo extranjero es posible acceder a internet con Wifi. Pero facebook y twitter siguen bloqueados. Así que no tengo ni idea de cómo va ese concurso del botón que termina este me. Espero que mis ángeles no me abandonen ahora y pueda conseguir ese premio finalmente.
Desde Dali, rumbo más al norte, a Lijang, Paz y Bien, cambio y corto.

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