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De arrozales, demonios y arquitectos

La luz del atardecer se prolonga ahora un par de horas más y me permite avanzar por estas montañas chinas. Son pequeñitas pero demoledoras cuando se alían con un sol sin nubes y 40ºC. Más o menos cada día me toca un puerto de 1.500 metros. Me las prometía felices por una carretera recién asfaltada cuando un motorista, que acababa de pasarme en dirección contraria, me esperaba en la cuneta. No le había visto adelantarme concentrado como estaba en que la bici no se quedara pegada al asfalto derretido. Al quitarse el casco amarillo dejó ver un pelo del mismo color y unos rasgos nada chinos.

Simon es esloveno y había dado media vuelta para prevenirme que, 30 kilómetros más adelante, la hermosa ruta era un infierno de polvo, barro y camiones. O aguardaba seis meses a que terminaran la carretera o me daba media vuelta. Esto último es lo que él hacía. Decidí seguir adelante pues al final de esa ruta que ahora pedaleaba y que estaba en buen estado salía un ramal a la derecha que me permitía, tras un desvío de 170 kms, volver a otra ruta principal sin tener que retroceder. Mi iniciativa era secundada por numerosos coches pero, a salvo eso y el puerto de a diario, había sido un buen remedio.

Duro esta siendo este comienzo de trimestre en China. A parte de buscar un lugar para acampar a diario, cosa nada fácil, pues todo terreno llano de más de un metro cuadrado es convertido por los locales en un arrozal, tengo que cocinar. No es que no haya restaurantes en la ruta, sino que mi falta de conocimientos del chino me impide pedir comida. El hábito aquí es una nevera-congelador en la habitación del restaurante en donde se almacenan verduras, carnes y pescados. El comensal llega y elige lo que quiere y cómo lo quiere. En media hora se lo preparan. Este tipo de restaurantes no triunfarían en Indonesia donde los restaurantes Makang Padang tienen todo cocinado desde por la mañana. Yo puedo elegir un par de verduritas (la carne y el pescado son delicias caras para mí), pero más de eso no sabría decirle cómo lo quiero. Así que después de pedalear bajo un sol implacable me toca lidiar con el fogón. Ellos me dejan hacer pues es más fácil que comunicarse conmigo. Cocino y, como pago, me libro de fregar los platos. Aunque siempre hay días, como hoy, que llego a mesa puesta y en donde la familia no quiere levantarse para prepararme la comida y me acaban invitando a comer con ellos. Es así que pruebo la carne y el pescado. Comer con ellos exige un poco de mente abierta y oídos y ojos cerrados. No se si es hábito chino o de las familias que me invitan, pero entre bocado y bocado sacan el demonio que llevan dentro con un sonido que hace que se pierda la señal de la televisión y lo escupen en el suelo a escasos centímetros de mis pies.

Recorro pueblos cuyo nombre ignoro y que tienen menos personalidad que un pollo de criadero industrial. Las casas son bloques rectangulares de no más de dos pisos, sin balcones, diseño ni gracia alguna. No creo que haga falta ser arquitecto para levantar los planos. Los chinos chillan mucho más que los tailandeses y ya he presenciado un par de amagos de pelea en los pueblos con los clientes del restaurante asistiendo como público (sin dejar de comer al mismo tiempo pues adoran hacerlo de pie).
Continúo así mi camino hacia el norte del país sin hablar prácticamente con nadie. Las mayores conversaciones son las que mantengo los viernes a las 5,15 am en Punto Radio en el programa A día de Hoy. Mi charla dura apenas 15 minutos.
Desde la Luta, Paz y Bien, el biciclown, día 1997.

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