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Hacia el color marrón

Roberto, durante los días que me visitó en Laos, quería acampar un día conmigo, jugar al tenis y que lloviera mientras pedaleábamos. La lluvia no le esperó. Me cayó el día que abandonaba Oudomxay (Laos) por una carretera en destrucción (o en construcción dependiendo del punto de vista) rumbo a China. Para ser la única frontera abierta entre Laos y el gigante amarillo sorprende que esté en tan mal estado.

El mastodóntico edificio del lado chino ya hacía suponer que los trámites burocráticos serían tediosos. Al igual que me ocurrió cuando crucé a China desde Kyrgigistan los funcionarios del orden querían también husmear en mis alforjas. Con orden y concierto les conduje hasta el parking donde Karma aguardaba sola. Como quien hace una mudanza les fui mostrando uno a uno mis enseres, pero bastaron dos alforjas para aburrirles. Menos mal que no me tocó enseñarles la bolsa con mis juegos de magia. No se si se lo hubiera mostrado. No me gusta desvelar los trucos ni aunque lo mande la ley.

Un policía que hablaba inglés (El policía), me explicó que la siguiente ciudad se encontraba a 67 kms y que había una nueva carretera que no podía tomar. El policía también me explicó que no podía extender mi visa de tres meses. El policía dio un taconazo y media vuelta a su oficina. Su movimiento fue tan rápido y perfecto que me quedé mareado por un instante.
La antigua carretera es una bendición para el ciclista. Apenas hay tráfico y aunque su trazado es sinuoso y con constantes subeybaja, se disfruta con una orquesta de pájaros tocando sin parar. Atraviesa enormes plantaciones de caucho que dejan un olor a podrido en cada curva. Numerosas familias participan en la recogida manual del caucho que los árboles, rajados, van desprendiendo gota a gota. Viven en pueblos con casas elevadas sobre pilares de madera y protegidos por una reja y hasta una entrada. No son lo que digamos una invitación a pasear por sus calles.
Recorro pueblos cuyos nombres nunca sabré (pues ninguno de mis dos mapas me lo dice) y degusto platos que no conozco. La táctica para comer es dejarme caer solamente en aquéllos lugares donde veo comensales. Pedir la carta sería como darle El Quijote a un niño de dos años así que me paseo por las mesas y cuando veo algo que no me disgusta (por el color y la forma) lo pido. Suele funcionar. Pero no falta la camarera (suelen ser chicas) corta de entendederas que me trae una tortilla de cuatro huevos cuando yo había señalado la carne con verduras de mi vecino. Eso es cocina creativa!!!.
Los chinos son, en cuanto a trato con el extranjero, lo más opuesto a los hindúes que te puedas imaginar. Ni se acercan y creo que ni te miran. Llevo ya 4 días en el país y aún nadie me ha preguntado de donde vengo, a donde voy, cuál es mi país, qué hago aquí?
Hoy he dormido en un hotel por primera vez. Aunque ya me habían dicho que estaba lleno (habitual pretexto chino para no tener que lidiar con extranjeros) me quedé un rato en recepción. Cuando el chico se quitó los cascos por los que escuchaba música accedió a darme una llave de un cuarto. Me he dado cuenta que soy el cliente que más utiliza la habitación. Los demás suelen quedarse no más de dos horas. También soy el que tiene más equipaje. Ellos viajan solo con la cartera y, a lo sumo, la chica lleva un bolsito.
A la vista de lo expuesto veo que voy a dormir muchas noches en mi tienda y que voy a volver a cocinar pronto. La famosa sopa de noddles china cuesta solo medio dólar pero no alimenta demasiado. Y por delante tengo mucha montaña. La zona que pretendo recorrer aparece de color café en mi mapa. Y no es porque se me haya caído una tacita sino porque las curvas de nivel se muestran en marrón. Cuanto más oscuro más alto. Del marrón claro no bajaré en muchos días.
Si todo va bien llegaré a Xiaguan (al oeste de Kunming) en unos diez días. Xiaguán está cerquita de Dali, una ciudad que evoca el antiguo imperio del mismo nombre y que durante 15 siglos aguantó los ataques y los intentos de anexión del norte. La orografía sin duda les ayudó en sus intentos de autonomía.
Desde la China, Paz y Bien, Álvaro el biciclown.

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