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Aquí a Laos

Tardé un día más de lo previsto en salir de Vietnam. El mapa que tenía era tan malo que me perdí en una jungla de carreteras secundarias. Eso, aderezado con unas divertidas instrucciones de algún vietnamita cachondo, me tuvieron un día arriba y abajo moviéndome casi en círculos. Vietnam ha sido el país donde, en proporción al número de noches, he pernoctado más noches en la tienda. La hospitalidad de ese país es comparable a la luz que brindan los fuegos artificiales. Casi todos los vietnamitas dominan dos palabras en inglés que escuché con demasiada frecuencia: hello y no. Te dicen hello más como una broma que como un saludo. Y al ir a pedirles un lugar para dormir te sueltan el no. Ni en escuelas, ni en policías, ni en edificios del gobierno, ni en Iglesias católicas?; nada.

Así que acabé optando por los cementerios. Allí tenía la casi total certeza de que mis vecinos no me dirían ni hello ni no. En ocasiones recibía la visita de otros vecinos (los vivos) que venían a ver si había pasado miedo durante la noche o a mirar mi casita. Pero siempre con las manos vacías y contentos de verme partir de ese lugar tan siniestro para ellos. Los vietnamitas más que hablar gritan y más que mirar tocan. En dos ocasiones me encontré el cuentakilómetros a cero. Debe ser herencia de la época en que la propiedad privada no era bien recibida. Con la humedad que se concentra en los campos de arroz, a la mañana me levantaba con la tienda empapada. Debía parar a mediodía para armarla de nuevo y secarla. Doble trabajo.

La frontera hacia Laos que elegí discurre por una carretera de montaña entre la niebla. Los funcionarios vietnamitas han cultivado la mala costumbre de pedirte un dólar por estamparte el sello de salida en el pasaporte. Y los de Laos no les van a la zaga y te piden otro dólar por sellarte la entrada. Un abuso que los turistas ni se plantean sacando la billetera y pagando. Pero como sabía la jugada preparé la estrategia. Vacíe la cartera dejando solamente medio dólar. En el lado de Vietnam eso fue lo que pagué. En el lado de Laos me llevó un poco más de tiempo pues no tenía en la cartera ni un centavo. Les enseñé la cartera vacía pero no lo aceptaban. Entonces les mostré mis fotos y, aprovechando su distracción, recuperé el pasaporte que ya habían sellado. Cuando me devolvieron las fotos sonreí y partí diciendo gracias en laosiano. En Laos no he pasado ni un día para constatar ciertas diferencias con Vietnam, a saber:

  1. Los niños saludan de verdad y no para hacer chanza contigo.
  2. Hay menos tráfico y el que hay no toca tanto la bocina y los cojo?
  3. La gente te da el precio local por la comida y si pides rebaja hasta la consigues.
  4. Hablan más bajo que los vietnamitas y no tocan la bici.
  5. Se va la luz y hay menos internet, pero funciona facebook.
  6. Hace más calor, hay menos agua, y la gente es más pobre.
  7. Hay menos lugares para comer y las casas son mucho más humildes.

En la capital me alojará una pareja que no me conoce salvo por internet. Gracias a las web Ducha caliente. cuyos miembros alojan voluntariamente a otros ciclistas. Pero será sólo por un par de días. Luego buscaré un hotel para aguardar al amigo Roberto que llegará el día 15 a Vientianne, la capital de Laos. De allí rumbo al norte para entrar en China a primeros de Mayo. No volveré a Vietnam, contra lo que había previsto. La incomprensible falta de colaboración de la Embajada de España en ese país tiene bastante que ver.

Desde aquí al Laos, Paz y Bien, Álvaro el biciclown.

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