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Unas ruinas que valen un país

Camboya podría bien llamarse Angkor. Las ruinas de Angkor, los templos de Angkor, están presentes por todo el país. Las tres torres más famosas de Ankor, que reciben miles de visitantes a diario, aparecen en el centro de la enseña nacional. Hay hasta cerveza Angkor. Cuyo precio va de medio dólar a cuatro depende de donde la tomes y de lo espabilado que sea el vendedor.

Los templos de Angkor, muchos de los cuales datan del siglo 12, traen tantas divisas al país que sin ellos la ruina sería Camboya. Pero si no fuera por franceses, suizos y japoneses, no habría hoy en día piedra sobre piedra. La naturaleza ha ido recuperando el espacio que los monarcas de antaño utilizaron para rendir culto a Visnu y a Shiva. Los locales han asistido durante años a ese espectáculo sin quitar una rama de las piedras. Hasta el punto de que las raíces han destruido muchos edificios. Ahora el templo de los árboles es más visitado por esas extraordinarias raíces que se visten de oro al atardecer que por sus propias construcciones. La simbiosis entre piedras y raíces es tal que ha devenido una obra de arte de incalculable hermosura. Hasta tres veces he ido a visitar ese templo, tratando de entender esa belleza, pero como dice Pessoa, sentir es comprender y pensar es errar. Las innumerables maravillas de Angkor hay que verlas con el corazón, no con la cabeza ni con la cámara.

Y hay que recorrerlas en bici. Los extraordinarios trabajos sobre la piedra rosada del templo de Banteay Srei se disfrutan enormemente tras 30 kilómetros de sol abrasador. Esa aproximación permite pasar por pequeñas villas en las que los locales asisten diariamente al trajín de turistas como si fuera una procesión de hormigas. Y hay que parar a degustar el jugo de caña de azúcar, o a comer de una sentada una sandía, mientras los colegiales sprintan para llegar a clase con la bici de su hermano mayor. En Camboya hay más bicis que coches. El ticket de entrada es un pequeño meneo económico. 40 USD por tres días. El dólar es bien aceptado en este país. Hasta los precios en los supermercados se muestran en la moneda del amigo Obama.

El cambio parece estable. Un dólar por 4.000 rial. No es de extrañar que los locales pidan a los turistas un dólar por casi todos los servicios. Da igual que sea una coca-cola que un plato de comida. Lleva unos días averiguar el precio justo. Y en tiendas separadas por veinte metros puedes encontrar el mismo producto marcado el doble. Siem Reap es el centro del turismo. Saliendo de aquí no volveré a ver mucho rostro pálido. Durante esta semana me adentraré en la Camboya más real, la que no sale en la Lonely planet, la que los turistas no se llevan en la tarjeta de memoria de 4 GB, la que vive con 80 dólares al mes. Rumbo a Banlung donde el día 17 de febrero el biciclown pisará el escenario que ahora deben andar construyendo. Será la primera vez que un payaso visite aquéllos pagos, próximos a la frontera con Vietnam, y ni siquiera los organizadores tienen claro que el tema vaya a funcionar. Pero sí hasta los pigmeos de Camerún se rieron con el biciclown estos indígenas no deberían ser menos.

Desde la ruta, Paz y Bien, Álvaro el biciclown.


Arte arrancado a la piedra
Amanece en AngkorArte en cada ventana
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