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Algunas relaciones extrañas

La mujer terminó yéndose. Y yo recuperé el aire. Exhalé todo lo que pude como haría un preso al pisar de nuevo la calle. Un minuto más y me ahogaría. Estaba viviendo uno de esos silencios ensordecedores. Ninguno de los dos hablaba salvo para soslayar, en el último instante, ese silencio asesino: qúe calor hace, vaya gato más pesado…

Nos habíamos conocido hacía un año más o menos. En esta misma casa que ahora me parece una cárcel. Entonces ofreció la resistencia que una dama suele dar en la primera batalla. Un poco más de la normal, es cierto, pero acabó entregándose.
Más tarde nos vimos dos veces aún. En diferentes escenarios en los que se mostró un poco más suelta. Aunque nunca con esa iniciativa en el amor que uno presupone a una señora separada de cuarenta y pico. Había dudado si volver a visitarla. Sabía -más que intuía incluso tenía la certeza interior- de que no sería igual. Que iba a costar mucho más doblegarla, relajarla, y que incluso puede que esta vez yo durmiera solo. Se lo hice saber por correo electrónico.
– ¿Seguro que me quieres ver?
– Si, contestó.
¿Nunca te ha ocurrido que sabes que algo no va a funcionar y aun así lo tienes que probar? ¿No es cierto que a veces hay que medir el amor como quien hace un experimento científico? ¿Hacer hasta la última prueba para comprobar que el corazón ya no late? Pero esta vez no la forcé ni lo más mínimo. Me mostré cariñoso pero distante con mis gestos. Expectante. Era obvio que ella no quería nada de mí. Que me había hecho venir para hacer la misma comprobación científica que yo estaba practicando. Pero cometió un error. Una falta imperdonable. Si pudiera volver a ver aquella escena en cámara lenta estoy seguro que se podría observar mi sorpresa cuando, al despedirme de ella la primera noche, acerqué mi mano hasta su mejilla para acariciarla (con el DORSO de la mano) y apartó su cara como si mis dedos sostuvieran un cigarro encendido. Debió ser cosa de centímetros, es posible que de milímetros, pero en ese instante mi alma cayó a mis pies haciendo un horrible ruido en el suelo. Mi mano no portaba más que cariño que, al ser esquivado, se volvió contra mí abofeteándome mi propia cara.

Un derechazo de un boxeador en la quijada no me hubiera causado mayor dolor. Al día siguiente desayuné solo, comí solo y, no cené solo, porque camino del bar me la encontré por la calle y no me quedó más que fingir que iba a su encuentro. La despedida, en el jardín de esa casa que vió nacer nuestro amor, no pudo ser más ficticia. Melodrama de colegiales en la obra fin de curso. Recuerdo que, al despedirme y darle un abrazo, aparté mi pelvis para evitar cualquier roce. Si un abrazo pudiera ser aséptico aquél serviría de muestra. Ni el más fiel seguidor de Balaguer hubiera visto síntoma de pecado en aquélla unión temporal. Mis brazos rodearon su pequeño cuerpo como si abrazaran un tizón aún humeante.

Si en matemáticas dos y dos dan cuatro, en el amor cuando entre dos el silencio es daga la suma da cero. Cuando se fue y regresé a la casa respiré todo el aire que pude. Todo el aire que en ese mismo instante ella no estaría inhalando.

Desde la ruta, oliendo a Bangkok, Álvaro el biciclown

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