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No tirar lejos las llaves del pasado

Francisco de Sande, un cacereño designado Gobernador de las Filipinas por Felipe II, le tenía ganas al sultan Saiful Rijal de Brunei. No le estaba permitiendo extender la cristiandad por aquéllas islas, al dedicarse el sultan a enviar difusores del islam para contrarrestar su gloriosa labor de cristianización.

No dudó por lo tanto el de Cáceres, al frente de unas cuantas naves, en enfilar la proa hacia el Sultanato de Brunei, al norte de Borneo. Debió esperar que trascurriera el monzón, lo que le dio tiempo a preparar la batalla. Corría el mes de abril y las lluvias fuertes ya habían cesado. En poco tiempo se hizo con el control de Kota Batu, la capital de entonces. El sultan se refugió en Jerudong y a pesar de contar con escaso armamento en pocas semanas volvió a controlar la capital expulsando a los españoles en junio de ese mismo año. 72 días ondeó la enseña española en Brunei. Dicen que usando cerbatanas y envenenando su comida. Pero la incomodidad de vivir en la jungla tuvo que ver lo suyo.

Desde aquéllos hechos a fines del siglo 16 han pasado muchos sultanes por Brunei. La casa donde nació el sultán actual de Brunei no llamaría la atención si no fuera porque está vallada. Nadie la habita ahora. Pero cuando descubres petróleo y gas bajo tu cama te puedes permitir el lujazo de mudarte de casa. La residencia actual del sultán es más grande que la ciudad del Vaticano.

Cuenta con la mayor flota de Rolls Royce del mundo. Cada vez que un modelo nuevo aparece el sultán se hace con uno de cada color. Brunei vive en un estado de emergencia desde el año 1962 pero la gente lo ha olvidado. En teoría no es posible reunirse en grupo pero lo único cierto es que no es posible beber alcohol ni abrir un casino. Ni en grupo ni a solas. Para beber una cerveza hay que ir en avión a Singapur o recorrer en coche la distancia de tres horas hasta la frontera de Malasia. Si un tipo que no está acostumbrado a beber conduce un coche de gran potencia las carreteras del país con campos minados para un ciclista amante de las mariposas. Entré en Brunei tras reunir ocho sellos en mi pasaporte y cruzar dos veces el río en barcaza. La isla de Borneo es un puzle de nacionalidades. El Sur de Indonesia y el Norte de Malasia y Brunei. Pero la parte de Malasia divida en dos estados, Sabah al este, y Sarawak al oeste, que son casi independientes. Sus recursos naturales les permiten ciertos derechos. Como ponerte sellos en el pasaporte al traspasar sus límites como si estuvieras abandonando un país. Debo cuidar las hojas en blanco de mi pasaporte pues cada uno nuevo me sale caro.

Brunei tiene apenas 400.000 habitantes de los que casi la mitad son indonesios o filipinos que vienen aquí a hacer el trabajo que los de Brunei rechazan (camareros, jardineros, chóferes…) y con el dinero que ganan pueden tener una vida un poco más digna en sus países a su regreso. En Brunei no hay impuestos. La gasolina y el arroz están subvencionados por el Estado. La educación (incluso la universitaria) y la sanidad son gratuitas. El ejército británico, apostado discretamente frente al monumento al barril número un billón en Seria, controla que las cosas marchen bien para la economía mundial y para la compañía Shell. La concha de oro.

Aunque recibí ayuda de algunas personas para mi estadía la capital, la frialdad de las calles de la capital me indujo a continuar mi camino. No se ve un alma por el centro y sí parapetados tras sus fabulosos coches que no me provocan ninguna excitación. Los símbolos para el turista de Brunei, que baja rápidamente cámara en mano del bus, son sus dos grandiosas mezquitas. La altura de sus torres hacen innecesaria una Ley de la Edificación. Ningún edificio puede sobrepasar esa medida. El edificio del Parlamento es digno de una película de fantasmas. Está inhabitado todo el año salvo cuando sus miembros se reúnen a elaborar la ley que el sultán les ha pedido. Junto con las mezquitas de diseño (una de ellas de marca italiana) la villa flotante es otro espectáculo para el turista. Por sus calles de agua no circulan coches pero sí rápidas lanchas que te dejan en la puerta de casa una vez has ido al centro a hacer la compra. Sus aguas de color dudoso no causan reparo a los habitantes que se refrescan en el canal después de haber echado en esas mismas aguas todos sus depósitos. Al actual Brunei le quedan unos cuarenta años. Cuando se termine el petróleo y el gas el sultán volverá a habitar en la casa que le vió nacer. Espero no haya tirado las llaves en los canales.

Desde la ruta, Paz y Bien, el biciclown, que tampoco vuelve a casa estas navidades (principalmente porque no tiene).

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