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Algunos motivos

En un restaurante de carretera en Borneo (Malasia), el agua almacenada en un tanque ad hoc y con hielos (de los de cubitos), es servida gratis a los clientes. En la pared aparece escrito el menú, con precios y todo, y al ir a pagar te cobran lo mismo que figura en el panel. Sin haberlo ordenado, junto con la comida solicitada, te proporcionan una sopa. La televisión está apagada, pero no porque esté estropeada, sino porque no la han encendido. De este modo en el restaurante reina casi el silencio o se escuchan algunas conversaciones. Nadie viene a preguntarte, nada más llegar, de dónde vienes y a dónde vas. Sobre la mesa en vez de un rollo de papel higiénico hay servilletas. También son usadas para envolver los cubiertos, individualmente, y protegerlos de las moscas. Las fotos que adornan las paredes tienen marcos y están colgadas a la misma distancia del techo guardando así cierta harmonía. El techo está pintado de un color y las paredes de otro, pero no porque se haya terminado la pintura, sino por una opción del dueño. El local tiene cierto gusto. Afuera hay un lavabo que tiene hasta un dispensador de jabón. Este está lleno. El reloj de pared, modelo estación Atocha, da la hora correcta. Poca gente fuma.

Si el párrafo anterior lo leéis añadiendo un NO a cada frase obtendréis como resultado un restaurante de carretera indonesio. En el párrafo anterior aparecen esbozados algunos de los motivos de que me alegre tanto de haber dejado, tras casi seis meses, Indonesia. Por si fuera poco durante todo el día de pedaleo solo me gané algunos bocinazos esporádicos y un par de Hello mister. Sin duda de algún indonesio que ha venido a trabajar al estado de Sabah en las plantaciones de aceite de palma. La mayoría de los trabajadores son indonesios. Ganan al mes unos 100 euros pero la comida y la casa son gratis. Las plantaciones son tan grandes que cuentan con escuela y hospital. Son pequeños pueblos en colinas de palmeras con una humedad relativa absolutamente brutal.

A la hora del desayuno, a punto de abandonar Tawau, mis amigos me informaron de una ruta que no aparecía en el mapa que acababa de comprar (por 3 euros en una librería) y que se adentraba en la jungla. Tenía menos tráfico que la ruta normal y peor asfalto. No dudé en tomarla. Los primeros días pagué la factura de haber estado diez días parado. Mis músculos se han olvidado de su trabajo. Qué perezosos son? En algunas cuestas pequeñas tengo que detenerme. El sudor me corre por los antebrazos y el corazón parece querer romper la camiseta. La cabeza me duele por el esfuerzo bajo el sol. La mente es mi única aliada y consigo llegar a un pequeño poblado ya al anochecer. En todo el día no había comido más que arroz frito con huevo. Tan sólo me quedaba un litro de agua. Antes de devorar el plato de comida que había solicitado al llegar al pueblo respiré profundo. No me podía creer que volvía a rodar con Karma. La chica estaba también contenta de volver a la ruta. La noche en la mezquita fue todo lo poco agradable que podía esperar.

A las cuatro de la mañana un par de fieles irrumpieron haciendo un ruido que hubiera despertado al mismo Mahoma. Siento añoranza de los templos tailandeses, de la cultura budista donde el silencio y el recogimiento son aliados de la meditación y provocan el encuentro del ser humano con todo Dios.

Las plantaciones de palma han usurpado la jungla. Es un negocio redondo desde sus inicios. Primero te haces con un trozo de bosque. Lo talas, con lo que ya obtienes generosos frutos con la madera. A continuación plantas palmeras y a esperar a que den racimos. Si todo este tinglado lo organizas en un país que tenga como vecino a otro que sea más pobre que tu la mano de obra barata estará cruzando por riadas la frontera. Por tres días se me acabó el asfalto. No sería mala noticia si los coches no fueran tan rápido levantado polvaredas más grandes que las de una central térmica. El polvo queda suspendido en aire debido a la falta de viento, y lo que no se adhiere a mis ropas mojadas o a mi piel empapada de sudor me lo acabo tragando. Cubro lo mejor que puedo las alforjas para evitar que el polvo y la suciedad se cuelen en mi equipo fotográfico y vuelvo a anudarme el turbante estilo Desierto de Sudan. La Providencia vuelve a trabajar para mí. Un hombre me ha regalado un poco de arroz con un huevo y será mi única comida en todo el día. En esa jornada hago casi 70 kms pero empleo 6 horas. Por la noche encuentro un claro en la jungla donde acampar, ya oscureciendo, con el sonido de fondo de la orquesta más desorganizada que jamás he escuchado. Todos los pájaros y animales quieren ser solistas de la pieza musical. Falta, afortunadamente, un tigre de Bengala para poner un poco de orden. Rebuscando comida en mis alforjas encuentro un paquete de carne seca que había comprado en Kupang (Indonesia) un mes atrás. Unos ajos bien picados, algo de arroz que me quedaba de Tailandia y de nuevo con las manos en la masa. He vuelto a usar, tras meses sin hacerlo, el filtro de agua. Gracias a eso tengo tres litros con los que saciar mis pensamientos.

La ruta me ha dejado sucio y cansado. Pero vuelvo a pisar una ciudad y observo que estos malayos le dan al drinking de lo lindo. Tres tipos llegan a un restaurante y piden 6 cervezas. No vendrá nadie mas a la cita. Ellos se bastan.Me llegan noticias del éxito de la proyección de las mariposas en el club de prensa del diario La Nueva España. Sin embargo un aviso a navegantes y políticos. Si en lo que me queda de vuelta al mundo no recibo apoyo de mi región y de mi ciudad no habrá más fotos con el biciclown. Es comprensible, no?

Desde la ruta, rumbo al sultanato de Brunei, Paz y Bien, alvaro el biciclown

Mi hotelEsta ya no muerdeDr Harahap y servidor
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