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No me llames turista

Los sprinters morirían de hambre en la isla de Flores. Desde que comencé a recorrer sus serpenteantes carreteras no he visto más de dos kilómetros seguidos planos. En cambio los escaladores estarían todo el día dando gracias a Dios. Y digo bien a Dios y no a Alá porque en la isla de Flores las mezquitas escasean más que los restaurantes. Un razonamiento simple nos llevaría a colegir que si los musulmanes anduvieran en bici serían sprinters y no escaladores.

Flores huele a clavo y a canela. Estas especias aparecen diseminadas en los bordes de la carretera recibiendo baños de sol. Cuando la lluvia descarga, y lo hace casi a diario a la hora del té en Inglaterra, los de Flores retiran las especias y se sientan a ver caer la lluvia.
Llegué aquí procedente de la isla de Lombok en el barco Tolongkabila. Más de 24h compartiendo espacio con los indonesios que aprovechan la semana de vacaciones tras el Ramadám para visitar a sus familias. Algunos llegan a gastar el salario de dos meses para recorrer, en avión-barco-moto, el camino hasta su casa. Cinco turistas embarcaban también ese día rumbo a Flores. Pero ellos dormían en habitaciones con armarios para guardar sus maletas y yo lo hacía en cubierta (en mi hamaca) con la bici y mis alforjas recibiendo el aire y las miradas de los indonesios. Los turistas pagaron cinco veces más el precio de mi billete. Tenían, eso si, abundante comida en cada refección, y contacto controlado con los locales. Yo perdí mi ticket de comidas y mi contacto con los locales lo controlaban ellos, que se acercaban hasta mi hamaca y me despertaban con sus golpes. Uno, de los cinco, turistas que se acercó hasta mi rincón en cubierta de clase económica llegó a decir que tal vez podría llegar a traerme algo de comida?, pero una chica local se le anticipó dejando en mis manos una ración de arroz con pollo sin preguntarme nada.
Cuando el barco atracó en el puerto de Labuan Bajo bajé, con paciencia y buen humor los 80 kilos de material (solo un par de porteos), y fui al hotel que mi amigo Tri había reservado para mí. Me sentía como la Cenicienta entrando en el hotel con la chambre 14 a mi disposición. No había cesta de frutas en la cama pero el ventilador funcionaba.
Los cinco, intrépidos, turistas deambulaban por las calles bebiendo cerveza buscando hotel. Cuando el Tolongkabila llega todo se llena en Labuan Bajo. No querían ir a mi hotel porque una noche costaba caro. Más o menos como cuatro de las cervezas que estaban bebiendo y un 25% del ticket del barco que acababan de dejar. Les dije que fueran a dormir a la policía y, aunque alguno me miró con cara de sorpresa, otros dijeron que porqué no. Lo cierto es que cuando me levanté por la mañana todos habían dormido en el hotel. Al día siguiente tomarían alguno de los trasportes privados, sin contacto con los locales, que les llevaría hasta otra ciudad donde dormirían en uno de los hoteles (y solo en uno de esos) que recomienda la Lonely Planet y hablarían con otros turistas de lo duro que es el viaje en el Tolongkabila.
Su presupuesto semanal es igual que mi presupuesto mensual. Pero eso no me importa. Lo que me molesta es que salgan de casa para hacer lo mismo que en casa y que recorran un país y no aprendan siquiera a contar hasta diez en lengua local. Me molesta que su contacto con lo local se limite al hotel donde duermen y a la agencia donde compran sus billetes. En Asia hay mucho turista (unañoalrededordelmundo) que contamina la riqueza local. Cuando un turista llega a un Cyber café y le piden por una hora de conexión dos dólares y medio, lo paga. No conoce, o no le importa, que el precio medio en Indonesia por una hora de conexión es medio dólar. Cuando llego yo y me voy porque me parece un precio excesivo el dueño me mira con cara rara. No le encaja que ese turista rechace lo que otros devoran. Si en un restaurante pregunto el precio antes de comer también sospechan. Generalmente el turista solo va a restaurantes de la guía Lonely Planet y su carta está en inglés (con precios y todo). Son un 30% más caro de lo normal pero la camarera sabe un poco de inglés. Así ellos no tienen que aprender NADA.
Los niños en Flores están esta semana de vacaciones. Aunque como decía es una isla católica, parece que la semana del Idul Fitri (celebración post-ramadam), se celebra en todo el país. Soy presa fácil de sus saludos cuando, desde muy lejos, me ven retorciéndome encima de Karma para superar cuestas diseñadas para burros y no para cicloturistas. Corriendo desde sus casas inundan el aire con sus gritos de Tourist, Tourist, Tourist?, les contesto en lengua local y se sorprenden, y sonríen mucho más que si dijera: Hello. Son encantadores e inocentes, ingenuos, con los mocos a medio camino de la boca. Con el uniforme escolar mal encalado y sin lavar desde hace semanas. Son huidizos; al detenerme se van corriendo para acercarse poco a poco, como un soldado en la línea de fuego, siguiendo al más valiente de ellos. Si les hago unas bromas su risa sube al cielo y se convierte en lluvia porque refresca mi sudor. Si superan cuán diferente me siento de los turistas no me llamarían así.
Flores sería encantadora para pedalear, si no tuviera que subir cada día más de 1.000 metros de desnivel. Aunque entonces estaría llena de sprinters musulmanes que colocarían altavoces en cada esquina y apagarían el canto de los pájaros que me animan en las rampas más duras.
Desde la isla de Flores, Paz y Bien, alvaro neil, el biciclown
PD-1 Dos días después de llegar a Flores encontré el ticket de las comidas en mis alforjas. Lo unté con miel.
PD-2 Me gustaría recibir vuestras impresiones de la película A la velocidad de las mariposas. Mucho cariño, empeño y trabajo se ha puesto en ella y? ya sabeis mi correo electrónico.

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Campos para comérselos Niño !!!! sal de ahíAquellos tiempos…
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