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El día del silencio

Hay personas de gran corazón y las hay grandes con gran corazón. Tri es un de estas últimas. Vagamente le recordaba pues le había visto hace más de veinte años. Yo aún no había empezado ni siquiera a estudiar Derecho y él no era más que un guía turístico tratando de mejorar su español.

Tri me confiesa ahora en Denpasar, Bali, que muchas veces en España lloraba pues tenía morriña de su familia y de su tierra. Por eso tal vez sienta tanto respeto y admiración hacia mi proyecto que me está llevando desde casi cinco años lejos de mi familia y amigos. Aunque me acerca a otros amigos y a otras familias. Tri y su mujer, Teresa, no me han tratado en Bali como un antiguo conocido. No me han dado la habitación reservada para los invitados sino la que tiene armario. Porque esa es la habitación destinada a ser usada por los familiares que les visitan. No quieren escucharme dar las gracias, porque no entienden que ellos puedan tratarme de otra manera estando como estoy lejos de mi casa. Aunque ya van entendiendo que yo no tengo casa (el mundo es mi jardín) y que no estoy lejos de mi familia pues ellos la representan. La suerte de seguir un camino sin líneas ni referencias son los encuentros. Para quienes vienen a Bali con todo pagado y contratado desde España estos encuentros son mínimos. Ayer, caminando por la blanca arena de la playa de Kuta y viendo a los turistas con certificado de quince días al paraíso hacer surf o recibir un masaje de una mama balinesa, me reafirmaba una vez más en la idea de que el camino no trillado es el que tiene premio. Y sorpresas. Teresa y Tri se enteraron de que hace unos meses yo celebré mi cumpleaños brindando con la luna en Sumatra y no dudaron en regalarme una deliciosa tarta de chocolate con el número 42 en su cima caramelizada. La guía de Indobali que iba dando algunas explicaciones es una mujer de sonrisa más luminosa que el amanecer en Bali. Una mujer más fuerte que un templo de piedra. En mayo su hijo de 9 años falleció y ella sigue trabajando para cuidar de su otra niña de 5 años. Alguien dijo que la vida es una buena película con un final amargo. Si no exprimimos la vida al máximo el final será muy amargo. Pero si la saboreamos con la serenidad con la que un monje budista sonríe ese final puede que no lo sea tanto.
Denpasar está siendo además un lugar de encuentros. Otro español que ha hecho del placer su filosofía vital ha llegado aquí en bici. Salva y yo estamos ahora siendo sometidos a un tratamiento de bienestar por parte de la Agencia de Tri, Indobali, que compensa malarias, accidentes, desamores, ayunos y moscas. Y además he podido volver a coincidir con Jean Beliveau. El caminante que lleva nueve años dandole zapatilla a los caminos del mundo y trasmitiendo su mensaje de Paz. Un tipo que en el metro de Madrid no se le ocurre otra cosa más estúpida y peligrosa que ponerse a hablar con el vecino que compartía con él la barra de la que se sujetaban para no caerse con el traqueteo de la máquina. Jean venía de recorrer África caminando (más de dos años), y aún conservaba la inocencia de los niños de ese luminoso continente.
Tenía pensado hablaros del día del silencio, que se celebra en Bali una vez al año, y donde el mundo se detiene en esta isla de Indonesia, pero me ha salido otra crónica vital y tal vez mejor me callo.

 

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