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Un cumpleaños

La moqueta de mi habitación un día debió ser de un rojo intenso. Los lamparones y las colillas del inagotable cigarrillo indonesio cubren los rincones del cuarto. Las paredes son de un rosa indefinido, no hay un centímetro del mismo color, y el ventilador no gira con la fuerza suficiente para ahuyentar los mosquitos. Mi tienda está abierta para secar tras la tremenda tormenta de ayer por la noche. No sabía si el agua iba a traspasar la tela o si primero iría a romperla. Afortunadamente nada ocurrió, salvo que no pegué ojo. El atardecer era tranquilo y no presagiaba ese infierno de noche.

Tras seis días en ruta, durmiendo en mi tienda, bajo mi mosquitera, en casa de algún indonesio, o simplemente debajo de un árbol, he llegado a Bengkhulu. Y tras un par de horas recorriendo sus calles he encontrado lo que parece ser el hotel más barato. Tres euros la noche.
Me doy cuenta que el diecisiete es mi número estos días. No sólo porque nací un diecisiete sino también porque llevo más de 1700 días de viaje. Cumplir 42 años no me hace tanta ilusión como cumplir 1700 días de nomadeo. Cada uno de esos días ha sido un triunfo, un milagro, un equilibrio sobre un alambre deshilachado. Pero el siete también es mi número. No solo porque naciera el mes número siete, sino porque llevo gastadas más de siete vidas. El otro día echaba mano a mi archivo de memoria y así resultó. Me dio un escalofrío. Vivo de carrerilla igual que mi bici sube el comienzo de algunas cuestas con la carrerilla que ha pillado en la bajada. Karma es capaz de pasar de 60 km/h a 6 km/h en menos de diez segundos. No al revés. Lo he comprobado en algunas de las tremendas, y cualquier adjetivo es corto, rampas de Sumatra.
Ni en Bhutan tuve que empujar la bici en los ocho puertos de más de tres mil metros. Ni siquiera use allí la marcha 1. En Sumatra ya he echado el pie a tierra más de una vez.
En el recorrido por esta enorme isla que es Sumatra me lo estoy tomando con cierta filosofía, con cierta calma, como quien descuartiza una vaca: por partes esto es. Primero llegué a Padang. Luego a Bukittingi. Ahora a Benkhulu. Y mañana descanso. No creo que algún ciclista de los del Tour de Francia tenga las piernas más destrozadas que yo en estos momentos. Mi cumpleaños me traerá un día de descanso y lo necesito tanto como la nube a las tres de la tarde cuando el calor se come el color negro de la parte de atrás de mi camiseta y las gotas de sudor corren libres por mis antebrazos hasta mis manos.
Aunque no es para mi una rutina, sino más bien un ritual, ahora debo lavar la ropa, actualizar la web, responder los correos, mimar a Karma y buscar un lugar donde poder comer algo que no sea Nasi Goreng. Estoy de arroz frito hasta los mismísimos, pero no hay mucha opción en Indonesia. Cocinan por la mañana, bien picante, y eso es lo que hay durante el día. Cuanto extraño esos pescaditos que comía con Nuno e Isa en Nias. Como le gustan a Imprevistos, sin especias ni leches, al horno con cariño y un poco de sal y aceite de oliva. Ummm, en fin, me contento con que no se vaya la luz, con que quede agua para lavar la ropa y con que pueda comer otro Nasi Goreng.
Felicidades también a todos los que me seguís desde otros mundos. Paz y Bien, álvaro el biciclown.

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Márketing hipócritaAl rato me uníHospitalidad en Sumatra
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