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No queden praus

No queden grillos, solo cemento, solo ladrillos…Así lo dice Jerónimo Granda en un disco con letra de Jaime Herrero, el poeta-pintor, que engalanó las páginas de mi libro Kilómetros de Sonrisas.

Jerónimo Granda, cantante asturiano más que sesentón bonachón, me regaló su último disco con una bonita dedicatoria. Juan, Imprevistos, fue el leal mensajero. La letra que da inicio a esta crónica bien podría cantarse también en Kuala Lumpur, la capital de Malasia. Aunque en cuanto uno sale de la capital se da cuenta de que la altísimas torres Petronas no son más que un paréntesis de jungla. Todo lo que rodea esa marabunta de cemento, rascacielos y centros comerciales son palmeras de las que brota el aceite que empuja la floreciente economía malaya.

Con la partida de mis amigos me quedaba poco más que hacer en Kuala Lumpur. Es prácticamente imposible salir de ahí sin rodar por una autopista. Afortunadamente hay un carril adicional en los peajes para las motos y es el que utilicé para colarme. Tras muchos kilómetros de autopista y varios intentos fallidos de abandonarla llegué a Port Dickson, a la costa. El sol, que no había visto en todo el día, me iba a regalar una bonita sorpresa.

En un hotel de esos que no aceptan biciclowns pedí lugar para plantar mi tienda. Me cobraban por ello cinco euros. Me parecía mucho asi que fui a hablar con el dueño. Intuía que era el hombre de camisa fucsia que seguía con atención y disimulo mi conversación en la recepción. Un poco de mano izquierda me bastó para que me invitara a poner la tienda en el jardín. Mirando al mar. El sol me concedió el último rayo del día para un apresurado pero delicioso chapuzón. La sal del mar se quita bien con la ducha pero preferí que fuera la piscina del hotel la que hiciera el trabajo. Y por dos veces, pues hacía tanto calor dentro de la tienda que a las dos de la mañana, empapado de sudor, me arrojé desesperado al agua huyendo también de un mosquito que se escondía perfectamente en alguna esquina de mi tienda.

El día después entré en Malaca una ciudad con mucha historia de holandeses y portugueses que pasaron por sus calles. En ella encontré otro lujo de lugar para descansar. Sus dueños tienen por el jardín un conejo de mascota que juega con tus pies cuando tratas de alcanzar el salón; aunque para llegar allí hay además que atravesar un riachuelo por el que corren los peces. La ducha no tiene techo y si te bañas cuando pega el sol, el arco iris se dibuja en tu piel.

Sin tratar de hacer competencia a los rickshaws que cargan pasajeros por la avenida más turística de Malaca, deje que Karma contemplara también la paz y colorido de sus calles. Compré el billete para el barco en la única compañía que cruza estos días a la Isla de Sumatra y cambié las rupias que me quedaban. Al día siguiente entraría en Indonesia navegando, pues la frontera se encuentra en mitad del Estrecho de Malaca.

Desde la húmeda Sumatra, Paz y Bien, el biciclown.

Cemento artísticoEl gato y el ratónMariposa valiente en mis calcetines

 

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