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La Tierra puede ser redonda

Que la muerte pierda su asquerosa puntualidad (Mario Benedetti)

Estos días mi corazón anda de reencuentros. Uno de ellos dicen que ha muerto: Mario Benedetti. Pero yo no me lo puedo creer. La vida y la muerte no son más que caras de la misma moneda; un mismo viaje con diferente equipaje. En el de la vida se sabe que el equipaje es nuestro cuerpo y que en el de la muerte es demasiado pesado para trasportarlo. La muerte nos aligera la carga y nos lleva a lugares donde probaremos comidas muy diferentes y dormiremos en lugares desconocidos. Para quien como yo se siente inquilino en su propio cuerpo no es más que otro interesante viaje.

Hace más de un año me encontré con una pareja que viajaba en camión por el mundo. Como muchos de vosotros tenían un sueño pero quisieron que fuera real. Vendieron su casa, metieron sus cosas en un camión y? a rodar. Steve y Cathy me siguieron la pista y volvimos a coincidir en Turquía tras el primer encuentro en Chipre. Ahora están en Malasia y nos hemos vuelto a encontrar. Han vendido el camión y piensan trabajar unos años para volver a la carretera más tarde.

Jose Antonio es catalán y con él la Seguridad Social no quiebra. Como nadie le cree que nación en el 37 tiene siempre el Pasaporte a mano para justificarlo. Desde hace años viaja por el mundo en un Toyota y vive con la jubilación. A veces duerme en el coche, otras en el hotel, a veces come por dos euros y otras por veinte. Me lo encontré en Teherán el año pasado y ahora en Kuala Lumpur nos hemos vuelto a ver y a poner al día con nuestras batallitas. Juan y Sole viven en Oviedo. Nunca han sentido especial inclinación por los viajes, ni los nacionales ni los internacionales. Son amigos de la comida casera (nada de especias y llévese usted el picante a otra mesa) y del vino bien fresco. A temperatura de río Cares. Me los encontré hace más de cinco años en Oviedo. Juan vino a visitarme a Marruecos y, acompañado de Sole, a Tanzania. Lo repitieron de nuevo en El Cairo y ahora en Malasia tras un vuelo de casi un día. No soportan el bochorno de esta gran urbe, se escapan al supermercado a comprar pan con queso y no pasa nada si no visitan el Museo Nacional. Han venido, acompañados de su sobrina, a visitarme y no necesitan más parafernalias. Da igual que la cama del hotel no tenga sábanas o que el aire acondicionado no enfríe. Si la comida no les gusta me dicen: Álvaro, esto esta muy bueno, te va a encantar y me alargan el plato. Se quieren declarar en huelga de hambre hasta que no les lleve a algún restaurante español a comer jamón serrano. Volar más de dieciocho horas para comer jamón serrano, peor y más caro que en España, puede ser considerado un delito para algunos. Para mí es una bendición pues ya me llegarán pronto los tiempos de comida callejera (arroz frito, pasta, trozos de pollo marinado?)

El hotel al que me han invitado estos días es un lujo de una famosa cadena española, Meliá. Pero es uno de los peores en los que he estado en mi vida. Pagando cierta cantidad de euros uno espera ciertas atenciones. No es justo que yo esté con televisión en la habitación (aunque no la encienda) y que mi querida bici esté en una sala sin luz. Para el superinteligente Manager General, Arno Thony, mi bici no es más que un vehículo en el que posiblemente él no sepa mantener el equilibrio. Por primera vez en mis días de nómada por el mundo no he sido capaz de retener mi bici en la habitación del hotel donde duermo. Según el tipejo, es un vehículo que pone en riesgo la seguridad de los otros clientes. Como lo leen. La pobre bici desde que entró en mi cuarto no quiso moverse. Accedió por el ascensor de servicio y no en el acristalado ascensor utilizado por los asustadizos clientes.

Los empleados del hotel me miran cada día con una sonrisa, pidiéndome disculpas por tener que dormir yo lejos de mi niña, corroborando lo que yo imaginaba: que el General Manager es gilipollas. El viaje en avión ha sentado muy mal a las nuevas ruedas y he tenido que acudir a un mecánico local a centrarlas. El gran Leong ha hecho un buen trabajo y no ha querido cobrarme nada: queremos ayudar a los que viajan por el mundo en bici, fueron sus palabras. Que la Tierra puede ser redonda lo prueban los encuentros con Steve, Cathy, Jose Antonio, Juan y Sole de estos días. Que hay personas que tienen la cabeza cuadrada lo prueban las manifestaciones del General Manager del Hotel Melia en Kuala Lumpur. Tal vez ha sido de tanto trabajar en esta ciudad. Las Torres Petronas, símbolo mundial de Kuala Lumpur, y de 452 metros de altura se asientan sobre dos cuadrados superpuestos que crean una forma de ocho ángulos. Esta forma es una semblanza de los principios islámicos de unidad, harmonía, estabilidad y racionalidad.

Decir que mi bici pone en peligro la seguridad de los clientes del hotel no es símbolo de racionalidad, denota una mentalidad poco estable, con cierta tendencia a la bebida que pone en peligro la harmonía del cuerpo y la unidad del Espíritu Santo. Pero siempre me quedará la poesía. Mr. Imprevistos, Juan, entra siempre en el restaurante con el libro de poesía bajo el brazo y tras calarse el par de gafas número 35 del año me deleita con su voz harmoniosa, estable, racional y llena de unidad un poema. Los días en Kuala Lumpur van pasando con celeridad en compañía del mejor tesoro que uno puede encontrar en esta vida: los amigos.

Desde mi triste habitación de un Hotel de 4 estrellas de la cadena (perpetua para mi bici) Melia, Paz y Bien, el biciclown.

Después de la alegría
Después de la soledad
Después del amor
Viene la soledad

Mario Benedetti –

 

El mayor peligro del ciclonómadaTemplo budista, alojamiento simple
Mi AMIGO JuanJose Antonio y Juan

 

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