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Tierra de sonrisas y contrastes

El sofocante calor y el viento seco me han obligado a cerrar la boca. No otra cosa. El país me sigue pareciendo de cuento de hadas. Es tan bonito sonreír a un desconocido con el que cruzo mis pedaladas y recibir una sonrisa, más grande aún, como recompensa?Es tan agradable sentarse en cualquier chiringuito de la calle y comer? Muchas veces no se lo que voy a comer. Como no hablo Thai mi truco para comer es el siguiente. Optó por pararme en un lugar en el que hay gente comiendo, no en un local vacío. Recorro las meses y selecciono algo de lo que la gente están comiendo que parece tener buena pinta. Y le digo a la chica que yo quiero lo mismo. Me siento y en diez minutos o menos llega mi paladar viaja también. A diferencia de India no tengo que preguntar primero cuánto me van a cobrar pues no me engañarán. Por un poco menos de un dólar puedes tener hasta alguna gamba flotando en la sopa, dándose codazo con un trozo de pollo y emergiendo entre verduras frescas. Las raciones no son abundantes, por eso la gente de aquí se la pasa comiendo. Más que comer es como tomarse un te. Pero alimenta más.

Salí de Bangkok acompañado del gran Joel y de un fotógrafo profesional llamado Agron que me tomó varias fotos para una Agencia. Era domingo y las calles estaban con poco tráfico. Había llevado la bici a una tienda para revisar un pedal que no me gustaba como se movía y lo dejaron peor. En pocos kilómetros partió. Encontrar una tienda abierta un domingo en Bangkok parecía imposible. La tienda no podía estar más escondida y yo no podía tener más suerte al encontrar un juego de pedales en una estantería que tenía más polvo que artículos de bici. Joel me patrocinó los pedales y me dio algo de dinero para la ruta. Ese hombre es genial. Espero verle de nuevo en mi vuelta al mundo. En su casa tenía un ejemplar de África con un par que aún no ha terminado de leer. Ni siquiera sentía curiosidad por saber que es lo que yo hablaba de él en la página 175. Salir de una gran capital lleva sus 20 kms de paciencia. Por las grandes avenidas me dirigía hacia el norte. A Ayuthaya, la antigua capital de Thailandia. Situada en una pequeña isla. Un reducto de paz. Los templos abundan por todos lados.

En todo el país hay unos 35.000. Pero mi verdadera ruta es hacia el Sur hacia Malasya. El 29 de mayo tengo una gran cita en Kuala Lumpur. Imprevistos y Sole vienen a visitarme. La última vez que les vi fue en El Cairo y los tres tenemos urgente necesidad de escucharnos.

El interior de Thailandia, que no ha sido tocado por alguno de los 16 millones de turistas anuales, no está tan preparado para el turismo. Cuando llegué a Beng Lan no sabía muy bien donde dormir. El hotel más barato costaba 10 euros. Impensable. El chico de la tienda de electrodomésticos que llamó desde su móvil para averiguar el precio no tardó demasiado en ofrecerme su casa. Un amigo suyo había venido de Bangkok a visitarle y a comunicarle que pronto sería padre y los tres nos fuimos a celebrarlo a un buen restaurante a las afueras. No solo me invitaron a la cena y a dormir sino que al dia siguiente me dieron un gran desayuno y pasteles para el camino. La hospitalidad Thai empezaba a dejarse notar.

Mi opción, de no haber aparecido ese amigo, hubiera sido dormir en el templo. De hecho fui a verlo al atardecer. Los monjes arrebujados en sus túnicas de color azafrán limpiaban el jardín. Uno que hablaba inglés me preguntó de donde era y comenzamos a charlar. Él era monje temporal pues en realidad era ingeniero. Me ofreció a acompañarle al día siguiente a buscar comida. Lo hacen todos los días a primera hora de la mañana. Pero no pueden pedir comida. La gente sale de sus casas y, arrodillada y descalza, espera a que los monjes pasen para darles comida y recibir sus bendiciones. Es tanta la comida que reciben que un hombre con una carretilla les acompaña. En la olla van recibiendo el arroz que, cada familia a su manera, ha ido cocinando. Es curioso pensar cómo será el sabor de ese arroz tan diferente, uno salado, otro de grano largo, otro dulce?

Ese día tocaba vivir con los monjes aunque aún no lo sabía. Estaba dirigiéndome hacia el mercado flotante de Damnoen, cuando un letrero de un templo me detuvo. Entré a visitarlo. Había monjes y mucha gente que no lo era pero vestidos de blanco. Estaban en un retiro de dos semanas de meditación y me invitaron a quedarme. Al día hay que meditar cuatro horas, guiados por un monje, y después de las 12 del mediodia no se puede comer. Mi compañero de habitación, un neozelandés, hacía además abstinencia total de comida. Llevaba seis días a agua y meditación. Mi organismo, desgastado por la bici y el calor, no podia seguir tan severo regimen. Tras un par de días meditando y en silencio volví a la ruta.

Thailandia es la tierra de las sonrisas pero también de los contrastes. En los platos se mezclan los sabores dulces y salados y en la calle lo mismo ves un monje que un gordo de sesenta y pico de años acompañado por una bella thailandesa que ha encontrado en el su pensión de jubilación. Todo es posible en esta tierra bendecida por el sol y la lluvia del atardecer.

Desde Hua hin, a puntito de darme un baño, Paz y Bien, el biciclown.

 

Deliciosos crepsBangkokMercado flotante

 

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