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Regreso a África

Cruzar la frontera de Changarabanda, o algo así, entre India y Bangladesh es como regresar al pasado unos cuantos años. A mi pasado y en concreto a África. Los coches desaparecen y son sustituidos por bicis o, en este caso, rickshaws. Pesados triciclos capaces de llevar una familia, trescientos kilos de cemento, ciento ochenta botijos, una vaca o medio bosque.

En Bangladesh, mi país número cincuenta, los musulmanes son más de un 90%, lo que supone lo siguiente:
-la mujer ha desaparecido de los comercios, restaurantes y hoteles. Está coranicamente recluida en casa y si sale a la calle lo debe hacer portando un velo que aumenta un poco más el calor incipiente, aunque preserva su piel de los fuertes rayos solares. Aunque el que escribió el Corán no lo hizo pensando en proteger la piel de la mujer.
-como la mujer ha desaparecido de la circulación, los hoteles son una porquería y la comida una basura. Generalmente el cocinero sostiene con una mano la espumadera y con el otro el cigarrillo, equivocándose de tanto en tanto al meter la mano en la sartén.
-el papel higiénico es un material de lujo, caro, e inexistente en muchos lugares. La mano, izquierda, y un poco de agua harán el trabajo sucio, doblemente sucio en este caso.
-los cubiertos también han desaparecido. Aquí se come con la mano, derecha, (mala suerte para los zurzos) y básicamente arroz y pescado.

Los habitantes de Bangladesh tienen la misma curiosidad por el extranjero que sus congéneres africanos. Debo elegir bien el pueblo en el que pararme y el restaurante en el que, por 0.25 céntimos de euro comer arroz. En menos de cinco minutos más de 40 personas me rodearán y tratarán de tocar todo. La táctica es hacer un círculo en el suelo, una imaginaria barrera de protección para mi bici. Pero no es suficiente para matar su curiosidad. El otro dia mientras comía en un restaurante en una mesa con cuatro sillas, tres tipo se sentaron en frente de mi ocupando las dos sillas vacías y no cerraron la boca hasta que no terminé de comer. Ellos no tomaron siquiera un te. No hicieron una sola pregunta. Solo miraron. Lógicamente el arroz se me indigestó. Si me pongo a escribir notas en el cuaderno no faltan tres o cuatro que se sitúan a mi lado para, con vista de lince pues escribo muy pequeño, trasmitir al resto de la audiencia que, efectivamente, el extranjero es americano. Pues de América vienen todas las cosas nuevas o raras.

A medida que me acerco a Dhaka, la capital, el tráfico y el calor aumentan. Los autobuses van a una velocidad endemoniada conscientes de que no hay policía en la carretera. Los pobres ricksaws tienen que abandonar el asfalto en cuanto la máquina hace sonar su prepotente claxon. La ley del más fuerte es la única ley de circulación. Un motín de la policía de frontera que se saldó con casi un centenar de muertos complicó mi llegada a Dhaka. Mi contacto para alojarme, gracias a la web de couchsurfing, me recomendó que no entrara hasta que no acabara el conflicto. Me detuve en Sirajgon, cuyo cura me había cedido su casa y cocinero para tal fin. El cocinero era una de esas personas que si es más buena no nace. Me acompañó al mercado donde me compré el típico atuendo local. Un largo paño de tela que se colocan sobre las piernas a modo de la larga falda. Las miradas a mis piernas, en lugar de a los ojos, han comenzado de nuevo al tratarse de un país musulmán. Con el lungee, la falda larga, me siento incluso cómodo pedaleando. Es la vestimenta oficial de los conductores de rickshaw, pues con el subir y bajar de las piernas el viento se cuela por la entrepierna y refresca esas partes del ciclista tan oprimidas.

Pero tenía un as en la manga a mi llegada a Dhaka. Una española me pasó el contacto de su amiga, también española, y en su casa me alojé por unos días. No hay más que diez españoles en Dhaka y creo haber conocido a todos. Ana vivía en el barrio de las Embajadas y comencé enseguida mi peregrinación particular. En la de Myramar no pude pasar de la puerta. En la de India conseguí, en cuatro días, mi nueva visa por 36 euros. Y en la de Butan?, tomé te con el Cónsul. La visa diaria cuesta 200 dólares por día. Pero van a proponer a la capital de ese país tan bien preservado del turismo que me concedan una visa gratuita. En tres semanas tendré la respuesta. Pero no puedo esperar en Dhaka tanto tiempo. Aunque los días en esta capital son dulces. No falta el día que un extranjero o un local me invita a comer o a visitar a su familia. He tenido además la suerte de conocer a dos seres encantadores. Paco y Granada que trabajan en el mundo textil. Muchísima de la ropa que se vende en España se hace en Bangladesh. Paco hace 100.000 prendas al mes. Aunque aún le queda algo de tiempo para escribir bellos textos en su web. Su compañera de corazón, G., es una gran artista y pinta con tanta dulzura que las muñecas de sus cuadros y de sus vestidos ya han empezado a andar. Llegarán esta temporada a España donde se venderá su exclusiva colección de ropa. Aquí puedes ver su web y tambien sus cuadros en foto log. Salvo una prenda que ha diseñado para mi. Bueno para el payaso. Una camiseta que, como no podía ser menos, tiene mucho arte y el corazón sangrando. El 22 de marzo la estrenaré. Será en mi espectáculo número 49 que tendrá lugar para la Ong Calcuta ondoan en Ashabari, Zora Dokan village, 24 South Parganas, West Bengal.

En Dhaka he tenido el gusto de conocer un proyecto simplemente genial. Una pareja de arquitectos locales tratan de recuperar el increíble casco histórico de la capital. Han catalogado los edificios más representativos y han evitado que el gobierno los demoliera confundiéndolos con ruinas. Algunos de esos edificios son ahora garajes o fachadas para colgar la ropa. Para concienciar a la población del valor de los edificios históricos llevan años haciendo paseos por las zonas que deberían ser patrimonios con todo el que se quiera unir. Solo este año han comenzado a cobrar, pero el dinero no es para ellos, sino para los voluntarios arquitectos y estudiantes que, junto a ellos, están levantando el plano del viejo Dhaka. En el paseo de cuatro horas generalmente hay extranjeros que viven en Dhaka. Cuando yo lo hice se vinieron el embajador de Francia y de Turquía. Al enterarse de mi proyecto, Taimur el arquitecto no solo no me cobró el paseo sino que me invitó a comer. Menudo corazón él y su mujer Hoimaira. Esta es su dirección USG, Urban Study Group House no 29(2nd fl), Road no 1, Dhanmondi, Dhaka 1205, Bangladesh.
Tampoco puedo dejar de mencionar a Karine Bordiec por el tiempo que me ha dedicado a enseñarme Dhaka. Ha vivido muchos años en diferentes países como profesora de francés y sabe lo que es vivir con la maleta siempre lista echando raíces solamente en el corazón de las personas. O a Musa Ibrahim, el montañero banglades que más alto ha subido, 6.310 m, y que trata de obtener fondos para escalar en el 2010 el Everest. Musa me ha alojado unos días en su casa y me ha dado una lección de liderazgo; Web northalpineclub. Y por último a Raihan Sabuktagin, el corresponsal del Daily Star que me hizo una entrevista de más de dos horas pues tenemos en común, a parte de la risa, el mote: a él le llaman vagabundo en Bangla que se dice Aniket.

Un forero de esos que aún no tengo el gusto de conocer va a hacerme un gran favor. Va a viajar desde España a Nueva Delhi con mi nueva bicicleta. Tras plantearle a Koos de Bike Tech mis recientes problemas con el cuadro ha decidido brindarme todo su apoyo, once again, y ha preparado una montura muy especial. Ya os hablaré de ella en las próximas crónicas. Debo ir corriendo a Nueva Delhi para encontrarme el día 14 con Jordi, su madre y mi nuevo amor rodante. Siento que todos los problemas con mi bici, – el accidente en Turquía, las roturas de tornillos-, han venido motivados por una razón. La pérdida de la Comandante Maxi en la frontera Jordano-Palestina a finales del dos mil siete. Espero que la nueva bici, Olovbike, al no conocer a la Comandante Maxi no la eche tanto en falta y me lleve mucho más lejos que Kogadonga. En concreto al sudeste asiático para donde, sin embargo, aún no he encontrado barco. De las decenas de correos electrónicos que he escrito solo he recibido una respuesta. Una oferta de 900 euros. Eso digo yo, menuda oferta. En Calcuta trataré de recorrer los consignatarios, las navieras y el puerto a la búsqueda de una salida marítima. Aunque lo mismo los de Butan se lo piensan y puede tener el enorme privilegio de recorrer su país. Un amigo ya me ha dicho que como me den la visa me llamará butanito. Lo que sea con tal de ver crecer la luna sin sentir un nudo en la garganta, con tal de sentir de nuevo la tierra bajo mis ruedas y con tal de poder llevar una sonrisa a mucha gente. Quién sabe si así encontraré la mía que aún sigue un tanto desdibujada.

Desde Dhaka, día ?si día también, Paz y Bien, álvaro neil, el biciclown.

 

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