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Dentro del monasterio hay un payaso

Yung Drung Kundrak Lingbon es el único monasterio Bön en Sikkim. Aparentemente es una fe muy próxima al Budismo, reconocida por H.H. el Dalai Lama, e incluso anterior a esta. Sus fieles le dan una gran importancia a los cinco elementos: tierra, aire, fuego, agua y espacio. Nada de esto sabía cuando me paré delante del monasterio. Sólo me quedaban seis kilómetros para llegar a Ravangla (a 2.100 m). Esa mañana había salido de Tashiding (a 1.700m) y tras haber perdido altura, como es norma en Sikkim entre pueblo y pueblo, comencé la escalada de ese puerto no oficial de más de veinte kilómetros.

En el pequeño jardín del monasterio los niños aspirantes a monjes no me prestaron demasiada atención cuando traspasé la verja del recinto. Un monje adulto ordenó a uno de los chicos que me acompañara pero ninguno tenía muchas ganas de hacerle la visita guiada al turista. Le dije que no se molestará y entré en el edificio del monasterio destinado a rezar. No era ni más grande, ni más bonito que otros que ya he visto en Sikkim. Un espacio rectangular, con bancos corridos sobre los que los monjes se sientan varias veces al día para hacer sus oraciones, la consabida imagen de alguna divinidad (enorme, dorada y protegida por un cristal), y la solitaria caja de donativos. Al salir de allí vi a los chicos que eran obligados por un monje a trabajar en la limpieza del jardín. Lo hacían sin rechistar y hasta con alegría. Como si aquello fuera un juego para ellos. Los más pequeños tendrían no más de siete años. Todos tenían la cabeza pelada como la de un alfiler y sus delgados brazos parecían perderse en sus hábitos granates y azules. Hoy era día de media vacación y destinaban la jornada a adecentar el monasterio, lavar las alfombras, y trabajar en el huerto. Casi ningún monje hablaba inglés, así que entre su inglés y mi ridículo nepalí les propuse quedarme allí esa noche. Me gustaría hacer un poco de magia para esos chicos, hablarles (aún no sabía en qué idioma) de mi viaje, y en fin, compartir con ellos y recibir de ellos un poco de calor. Lo que más me sorprendió fue su rápida acogida. Un tipo llega en bici, dice que puede hacer un poco de magia y en seguida le dan te, una celda y agua caliente en un balde para que se duche.
Sus risas me las llevo grabadas en mi corazón. Fuertes, infantiles y adultas, naturales, brillantes como las nieves del Kangchendzonga (8.598 m) al amanecer, y rotundas. Uno de los aspectos que más disfruto de esas pequeñas presentaciones es cómo cambia la reacción de las personas respecto a mí, antes y después del espectáculo. Al principio me miran reticentes, distantes, sin saber muy bien cómo tratarme. Tras la magia y las risas, cada vez que me encontraba con uno de esos pequeños por el monasterio se reía. Bastaba una mirada mía, un pequeño gesto, para que el pequeño que al principio no quería mostrarme el monasterio ahora se riese. Eso, para mi, es magia.
Por la noche los chicos jugaban a la queda más para entrar en calor que por aburrimiento. El sonido pesado de sus faldas al saltar de un lado a otro me recuerda el flamear de banderas que constantemente se oye en Sikkim. También los había quienes recitaban sus mantras, en solitario, sin que nadie les dijera nada. Cubiertos con sus pesados y calurosos ropajes se iban a dormir hacia las nueve. Al día siguiente, casi antes de que el sol se quitara las legañas, ya estaban barriendo o calentando leche para el te.
La vida de los monjes adultos no es muy diferente. Alguno de ellos no ha salido hace tres años del monasterio. Y no saldrá hasta el dos mil diez, según me dice el más adulto. Allí sigue ejercicios de meditación. Trata de vaciar su mente. Me pregunto de qué la tendrá que vaciar si no recibe prácticamente información del exterior, si no ve la tele, no escucha la radio? pero la mente es un juguete muy peligroso y divertido a la vez. Leyendo algunos de los libros del monasterio me enteré de que algunos de los maestros más reconocidos, el día de su paso al más allá, desprendían colores como el arco iris que se podían ver de lejos. Y, sin haberlo visto, lo creo. La mente es capaz de tanto que generalmente no la usamos ni la cuarta parte.
Tras beber un te tibetano (con un regusto a sal) y comer un par de tortas de maíz (chapati) relleno con una especie de mantequilla (llamada puja), me volví a la ruta que había abandonado el día anterior. Tardé casi una hora en subir los seis kilómetros a Ravangla, pero la risa de los monjes retumbando en las paredes de mi corazón era de gran ayuda para que mi mente le sugiriese a mis piernas cómo tenían que empujar a Kogadonga hasta la cima.
Desde Sikkim, día 1.551, Paz y Calma en el corazón, el biciclown.

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El gato se vino a meditar
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Recitando mantrasEs de noche en el monasterio

 

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