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India: prueba superada

Vishnu, una de las encarnaciones de Brahaman el Dios sin forma de los Hindúes, dejó caer una gota de néctar y puso su huella. Algo así como la calle de las estrellas en Estados Unidos.

Pero eso ha convertido a Haridwar en una de las siete ciudades santas del hinduismo. Lo que provoca cada día riadas de cientos de peregrinos que dejan dinero en los templos y hacen donaciones a los gurus. Cada doce años hay un gran festival llamado Khumba Mela al que acuden millones de seres humanos. Tendrá lugar en el dos mil diez en Haridwar. Por la tarde, al oscurecer, los creyentes y los curiosos se congregan cerca de Har-ki-Pairi (la huella de Dios) para aistir al Ganga aarti: una ceremonia de bendición en el Ganges. Unos hombres vestidos de azul te persiguen para que colabores con la tasa de mantenimiento y con la tasa de donación. Son capaces de darte un recibo en el acto. Tremenda eficacia recaudatoria. Las campanas redoblan, y las antorchas se encienden al unísono. Los más fervorosos depositan en el río una cesta de hojas de plátano que contiene flores y una pequeña llama. En ella dejan también sus plegarias que se hundirán en los próximos cien metros con un poco de suerte. Logicamente también están los que se bañan, un poco por creencia y un poco por exhibicionismo. Y como no los que beben unas aguas que, en el mejor de los casos, contienen tifus. Río arriba las vacas también se bañan y juegan en el Río sagrado. Terminada la ceremonia el auténtico ruido se hace dueño de nuevo de las calles: la bocina.
India vive inmersa en una terrible polución. Las bolsas de plástico son quemadas a diario lanzando su contaminante humo a los cielos (tal vez sea una nueva forma de invocar el fervor divino). El nivel de ruido rompería cualquier medición y, en ese constante stress, los indios llevan a cabo su vida religiosa. Increíble contraste.
Hoy me han levantado a las tres y media de la mañana. La ciudad en la que me tocaba encontrar alojamiento no era de lo más amable. Tras un recorrido de diez minutos por el centro no pude dar con ningún hotel. Nadie consiguió ayudarme tampoco. Todo eran risitas y estúpidos Hello. Recurri una vez más a la Gurdwara: el templo Sikh. Es esta una de las religiones más coquetas que conozco. Los hombres pasan cada día casi media hora delante del espejo ajustándose el turbante. Y también es una de las religiones más madrugadoras. Me dieron sitio para dormir, en un cuarto infestado de mosquitos, pero ya me advirtieron que a las tres y media de la mañana habría cánticos. No hacía falta que me invitaran a participar. Los amplifican con megáfonos por todo el templo y, por si me hubiera dormido, encendieron la luz del cuarto. Gentil manera de hacer que uno siga siendo alérgico a las religiones. Sobre todo a las que dan más importancia al ritual que al descanso. Así que, tras un vasito de té para desayunar, me encontré en la calle con la amanecida.
Ultimamente me echan a patadas de los sitios. La penúltima de un parque natural. Una reserva de tigres por la que, mala pata, cruzaba la carretera. Los oficiales forestales con los que pasé la noche en una casucha no fueron capaces de advertirme que mi camino se toparía con la entrada de la reserva y que me era imposible cruzarla en bici. Una muestra más de la clase de ayuda que te puedes encontrar en la India. De bruces con la barrera el funcionario esbozó un NONONONO, antes que la sonrisa. Y eso marca a un payaso. Tras discutir un rato, sobre todo al ver a los locales cruzar en bici, me obligaron a tomar el autobús de las dos. Cuando pasó a las tres sabía que no tenía otra opción. No eran más que veinticinco kilómetros pero no hubo manera de convencerles que me dejaran pedalearlos. Los locales, decían, se quedaban en la villa situada a solo dos kilómetros. Durante el trayecto en el techo del autobús golpeado por las ramas de los árboles, solo pude ver unos ciervos. Ni más grandes ni más bonitos que los que me habían salido al paso horas antes cuando pude pedalear por la reserva. En cuanto salimos de la zona de peligro me bajé y seguí pedaleando. Pensé que ya no habría más animales. Un ruido, como si un elefante moviera tres árboles a la vez, me sorprendió. Y, efectivamente, era un elefante. Él pareció asustado también de ver un ciclista tan cargado a esas horas de la tarde y entró en la selva. Dejé la bici y traté de seguirle. Parecía imposible que con semejante cuerpo hubiera podido pasar por lo frondoso del follaje sin derribar más que un par de árboles. Se detuvo y me miró. Aunque tenía la cámara en la mano, ambas eran puro temblor. Me di la vuelta y regresé a la bici con la intención de salir cuanto antes de la reserva.
Hoy he salido de la India y he entrado a Nepal. Algo he echado en falta al cruzar la frontera. Por cierto una de las más tranquilas, con la gente atravesándola a pie cargada de bultos. Pues entre Indios y Nepalíes no hay exigencia de control de pasaporte. Faltaba el ruido de la India. Posiblemente porque hay un nivel económico menor aquí en Nepal, la gente no se desplaza en motos ni en coches, sino en bici. Chicas, jóvenes, rickshaws, familias y niños van de un lado para otro en bici. Juro que el ambiente es mucho más tranquilo que en la India, que las sonrisas abundan, que las mujeres son más hermosas y que he vuelto a hablar. El terrible ruido de la India me había provocado un efecto de silencio interior. Me defendía de tanto bocinazo con un retiro de silencio. Ahora lo he roto pues el clima afuera no es tan hostil.
Atrás queda el ruidoso gigante Indio, al que he de volver cuando salga de Nepal a finales de enero, aunque de momento la primera prueba la he superado sin rotura de tímpanos.
Desde Nepal, Paz y Bien, álvaro neil el biciclown.

P.D. He visto ya las primeras pruebas del libro de fotografías, Diario fotográfico de un payaso en África, y el rojo se va a llevar esta Navidad.

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El agua está heladaSe durmió la nena
Ganga aarti cada noche
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