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Triunvirato en habitación doble

Juntos sumamos más de 250 países visitados y casi 20 años en el sillín. A ninguno nos preocupan, nos motivan, ni nos interesan los récords. Doy estas cifras solamente por ambientar un poco la historia.

Salva es un granadino de treinta y casi siete que ni tiene web, ni blog, ni perro que le ladre. Daisuke es un osakino (ver nota al final) de treinta y ocho, además de web, www.daisukebike.be, pero tampoco se mata mucho en actualizarla. Prefiere sentarse en la calle y, camuflando sus ojos en exceso bajo el ala del sombrero, ver pasar la gente. Yo soy el que dedica más horas delante de la computadora. También el que lleva la bici más pesada. En las subidas se me escapan los dos. Aunque en las bajadas, por eso del peso extra, les rebaso. Hemos pedaleado casi dos semanas juntos y parece que ha pasado un mes. No es que nos cansemos unos de otros, sino que pronto nos hemos acostumbrado al ritmo de los demás. No hacíamos muchos planes. Nadie sabía dónde íbamos a comer ni a dormir. Tampoco cuando pararíamos a descansar. Por la mañana el sol se colaba por las ventanas sin cortinas y nos poníamos en marcha. En ocasiones hemos disfrutado de la hospitalidad de los templos Sikhs aunque pronto nos cansamos. A nuestro dormir no le caía en gracia eso de escucharles cantar (mal por cierto) a las cuatro de la mañana. Y eso que antes nos quejábamos de los musulmanes. Tras un par de impertinentes madrugones empezábamos a frecuentar hoteles que no quebrantasen nuestra economía franciscana, es decir, que no superasen el euro y medio por cabeza. Por esa ganga solo conseguíamos una habitación con cama doble. Uno tenía que dormir en el suelo, como el perro del hortelano. Pero nunca hubo problemas para eso. Siendo tres, las decisiones eran muy fáciles de tomar. Cada uno daba su opinión y la que tenía dos votos ganaba. Tal vez si los matrimonios fueran de tres en vez de dos no habría tantos problemas.
Juntos saboreamos la primera cerveza en mucho tiempo. Godfather, y nos reímos de lo mala que está y lo poco que nos importa. En esta parte de la India las comidas no son tan picantes como en Pakistán, siempre que no sea Daisuke el que opine, pues a él todo le parece bien. Hasta las medicinas que le he dado para curarle de un catarro que arrastra desde Islamabad le parecen muy buenas. Salva trata de enseñarle un poco de humor del sur de España y, aunque el japonés no pilla una, le pone muy buena voluntad. Cuando Salva le cuenta un chiste, que generalmente no entiende, Daisuke siempre se ríe de manera forzada lo que termina provocándonos una risa natural.
Y asi entre risas forzadas y naturales, habitaciones dobles reconvertidas en triples y comidas poco picantes (sólo green chile, dijo un día un inocente camarero) hemos llegado a la residencia del Dalai Lama. Con él se han venido cientos de monjes y una cultura compasiva: la budista. Las túnicas granates y naranjas dan colorido al paisaje de montaña del norte de la India donde el líder tibetano ha encontrado exilio tras ser expulsado de su propio país. Todos soñamos con encontrarnos con él en una audiencia aunque sabemos que es casi imposible. Una voluntaria de Oregón, Lois Beran, que da clases de inglés a los tibetanos expulsados de su país ha sido el mejor encuentro que podíamos tener. Ocurrió por casualidad, en un pequeño bar de la central y sonriente calle de Mac Leod, en el que por cuestiones de espacio compartimos mesa y por cuestión de educación conversación. Lois no podía creer que yo era la persona que ella había visto ayer por la noche en las noticias de la CNN. Mientras ella trataba de cerrar la boca por la astronómica coincidencia, le ofrecí dar una sesión de magia cómica a los alumnos de la tarde de su curso. Eran tibetanos que habían sido prisioneros políticos y que habían acompañado al Dalai Lama en su peregrinaje forzoso. La actuación fue emocionante. Ni ellos sabían lo que iban a ver ni yo sabía ante quien iba a actuar, en qué límites debía moverme y hasta donde me dejarían llegar con mi humor. Con mucho respeto y con el cuidado con el que se secaría una flor del rocío matutino, fui dejando que la risa, ese lenguaje universal, fuera un el único sonido que se escuchara al atardecer en Mac Leod.
Lois nos invitó a cenar esa noche en un restaurante japonés (a Daisuke también eso le pareció bien) y los tres (sin Lois) nos retiramos a nuestra cama. Al día siguiente se desharía el triunvirato. Salva se quedaría una temporada a recaudo de una canadiense que le daría lo que ni el japo ni yo pudimos ofrecerle, Daisuke partiría a Nueva Delhi para visitar a Ghandi que le esperaba en posición horizontal y yo rumbo a Katamandú a la cita anual con mi amigo Roberto. Si nos vamos a ver de nuevo es una cuestión que ninguno sabe. Ahí está la gracia de esta vida nómada en la que no sólo la Tierra gira sino que nosotros lo hacemos con ella en una armonía que tiene mucho más sentido que un mero viaje vacacional. Aunque no nos encontremos en muchos años siempre nos tendremos presentes unos a otros.
Día 1473, Paz y Bien, el biciclown.

NOTA. Acepciones del término Osakino: 1-Dícese de los que no son de aquí.
2- Dícese de los naturales de Osaka (Japón).

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