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En la Isla de Bad

A los tres días de llegar a Islamabad apareció el dueño de la casa en la que me hospedaba. César regresaba de España tras sus vacaciones anuales. Me sentí extraño recibiendo a alguien en su propia casa. Hacía años que no nos veíamos, desde que nos conocimos en Zimbabwe, pero poco había cambiado. Me encontré el mismo hombre sencillo que dejé atrás. César se ocupó de mí todos los días, casi dos semanas, que pasé en la Isla de Bad. Gracias por tu generosidad.

Islambad, o la Isla de Bad como le llaman algunos expatriados, es precisamente una isla. Una ciudad cuadriculada, con grandes y ordenados barrios que se conocen por su numeración más que por su nombre. Cuando le preguntas a alguien donde vive parece que te contesta como si estuviera jugando a los barcos: F-8 ó G-6.
Afortunadamente pude contar también con los servicios del conductor de mi amigo para desplazarme por esa ciudad fantasma y atípica, una Isla en un país muy diferente a la capital. Sin ir más lejos a solamente 14 kms de la capital se halla Rawalpindi, un reflejo perfecto de lo que es este país. Los triciclos que arruinan con su ruido el oído de los viandantes no pueden entrar en Islamabad. Es realmente una isla.
Tras la intensa actividad de los últimos días tocaba partir. Nunca hay un buen momento para regresar a la ruta. Simplemente hay que ponerse en camino. Una conferencia en la Universidad, un buen espectáculo, entrevistas en la televisión y una gran sorpresa.
Dos ciclistas llegaron a Islambad. Dos viejos amigos. Daisuke, el japonés que lleva viajando diez años, y al que encontré primero en Egipto y luego en Irán, y Salva, el granadino al que encontré en Irán por dos veces y con el que viajé unos días por ese país rumbo a Mashad. Ahora hemos partido juntos de la Isla de Bad. Primero pasé por la Embajada de España para despedirme del Embajador y de los trabajadores, policías y demás diplomáticos y personal que con tanto cariño me han tratado estos días. Gracias de corazón y espero nos veamos pronto. Mi ruta debería pasar por Pakistán en abril del dos mil nueve, pero ?, mejor ni hablar del futuro.
La emoción de compartir la ruta con dos viejos leones es enorme. Se nota que todos tenemos larga experiencia en viajar. Aunque cada uno tiene una forma diferente de tratar con los pakistaníes que nos rodean en cada pueblo. La solidaridad pakistaní ha vuelto a aparecer y si el primer día era un jóven estudiante quien nos invitaba al almuerzo, al día siguiente un contacto proporcionado por César nos regalaba un almuerzo no picante. Y a las noches nos las ingeniábamos para dormir los tres en una habitación de hotel con una sola cama o, como ocurrió el último día, en el recién construido edificio del Ministerio de Asuntos interiores en Kamoke. Una suntuosa edificación de techos inalcanzables para la vista y con columnas de estilo dórico tirando a corintio. Una horterada muy cómoda para pasar la noche cuando has estado todo el día navegando entre pitidos de camiones, autobuses y cagadas de caballo. El ruido es parte de la vida en el sur de pakistán como lo es la basura que parece florecer del suelo y en la que los niños bucean sin escrupulos. El trabajo infantil es una realidad muy viva en esta parte del país. Hoy, sin ir más allá, un niño de unos ocho años me ha servido el té con leche para desayunar y otro, de doce años, me ha traído una Pepsi para almorzar.
Desde Lahore, Paz y Bien en mi quinto año, el biciclown.

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