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Ovejas eléctricas

A la entrada del gran mercado de animales la policía monta guardia. Cualquiera que pretenda acceder con ovejitas, vacas o dromedarios, debe pagar la tasa animal. Algunos se llevan recibo puesto y otros se llevan la mano al bolsillo en busca de una cantidad menor de la oficial que no requiera recibo. Hecha la ley hecha la trampa, y muchos vendedores se dedican a negociar doscientos metros antes del lugar acondicionado para tal fin.

Las negociaciones son duras y cada uno (vendedor y comprador) juegan su papel. Los compradores abren la boca del animal, le tocan el culo para ver la cantidad de grasa y, si es un toro, lo excitan para comprobar si va a ser suficiente amoroso. El vendedor alaba las cualidades del animal, el dinero gastado ese año en alimentarlo, las vacunas?, y espera que alguien cubra su oferta. A veces el corro es tan grande que los interesados se van a un lado y, al oído, como si se declarasen un amor muy antiguo, tratan de ajustar el precio. Por un dromedario piden casi mil dólares. Un poco caro para mi.

Fuera del mercado de animales, aunque es aún Ramadam, hay algunos puestos de comida, pero sobre todo herreros, zapateros, y chatarreros.
No lejos de allí, próximo a la ciudad vieja, se encuentra el Gran Bazar. Abierto todos los días pero que el domingo duplica sus puestos. A parte de ropa para la casa, para los niños, y todo lo inimaginable, abundan los puestos de frutos secos.

Nueces del tamaño de manzanas y sobre todo dátiles, uvas pasas y almendras. Al foráneo acostumbran a pedirle tres veces el precio normal, pero con un poco de paciencia y un mucho de habilidad se consigue comprar al precio local. Por las estrechas, pero asfaltadas, calles del mercado circulan también ladrones que tratan de aligerar peso del bolsillo del turista. También hay personas que pasean a enfermos para solicitar limosna o vendedores de remedios a base de serpiente. Un circo sin intermedio donde los artistas son locales y que los turistas tratan de llevarse en sus cámaras olvidándose de captarlo primero con el corazón.

El tráfico es caótico a las afueras del gran recinto, pero Kashgar es una ciudad moderna. Los semáforos tienen cuenta atrás, los supermercados parecen ciudades subterráneas con dependientes que reponen la mercancía al instante de ser retirada de la estantería. Abundan las motos eléctricas, que te adelantan sin el conveniente aviso del motor, y comparten carril con burros y muchas bicicletas también eléctricas. Tal vez un día, en el gran mercado dominical de animales de Kashgar, las ovejas, las vacas y los dromedarios funcionen también a pilas.

En el económico hotel donde me alojo estos días (tres euros la noche) me he encontrado con varios ciclistas. Alemanes, belgas, australianas, ingleses?, todos nos juntamos al anochecer y planeamos el ataque a la ciudad. El objetivo es buscar comida barata con la que saciar nuestro insaciable apetito. Durante el día ajustamos las bicis, lavamos la ropa y, la mayoría, acudimos a Internet con la esperanza de encontrar respuesta a nuestros mails de ayuda para esos repuestos que nunca serán suficientes pero que, sin ellos, el viaje nunca podría continuar. Espero conseguir los míos en Islamabad y poner fin a un año de dificultades.

Por otro lado, anticipo, que lanzaré la Tercera Edición de Kilómetros de Sonrisas (tal vez también el dvd agotado hace mucho) y publicaré el demandado Libro de Fotografías de África. Será allá por navidad, cuando la India destroce mi estómago con sus comidas picantes, y refuerce mi sonrisa con su hospitalidad.

Desde la ruta, día 1415, Paz y Bien, el biciclown

¿Habrá vampiros?Que no falte el panSube, baja, sube, baja

 

¿Cómo será?¿Qué pequeño es el mundo?

 

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