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Entre algodones

La frontera de Turkmenistán con Uzbekistán cierra para almorzar. Le echan el candado a la valla y los funcionarios turkmenos se van a la cantina a comer y a dormir. Yo aproveché para bañarme en el río y asearme un poco. Siempre los trámites son más sencillos cuando uno está bien presentado. Para entrar en Uzbekistán hay que pasar un control médico. En una sala de tres metros por un metro, un doctor (creo) echa una siesta en la camilla.

En la mesilla hay tres frascos de cristal a medio llenar con gasas no esterilizadas. En un libro anota mis datos y, encogiendo y estirando su dedo índice de la mano derecha, parece preguntarme por mi salud sexual. Para decirle que últimamente no practico mucho encojo mi dedo índice. El hombre lo interpreta como que tengo problemas con el sillín de mi bici y muestra signos de preocupación. El malentendido dura unos largos dos minutos. Hasta que me doy cuenta de que, o estiro bien mi dedo índice, o paso la tarde en esa salita.
El policía uzbeko me da dos papeles en ruso para que los rellene con mis datos. Como no entiendo nada le pregunto qué debo escribir. Con pereza me va soltando la información con cuentagotas. Le propongo que lo escriba él mismo, pues es más rápido, pero no parece que tal trabajo entre en su salario. Rellenado un formulario copio, ya por mi cuenta, el otro que es idéntico. El papel de calco aún no ha entrado en la historia Uzbeka.

En este país se ha extendido el monocultivo de algodón. Con canales de irrigación construidos en la época soviética y que provocaron que se secara el Mar de Aral, el algodón es el principal cultivo. También la seda tiene mucha aceptación en esta región que, no en vano, es arteria de la famosa Ruta de la Seda. Y dos ciudades cobran especial importancia aquí: Bukhara y Samarkanda.
Ambas ciudades tienen hermosos edificios construidos hace cientos de años que han soportado con arrogancia varios terremotos .

En Samarkanda destaca el Registan, varias madrasas enfrentadas en una plaza: las tres más grandes madrasas mejor conservadas en la historia. Ni siquiera Jenghiz Khan las derribó. Con un soborno de un par de euros, un policía te conduce a unas escaleras que te permiten subir a uno de los más altos minaretes. Por la noche hay un espectáculo de dudoso gusto estético de luces y estruendoso sonido. Con una cerveza en la mano por menos de un dólar la escena no pinta tan mal.

Bukhara es más tranquilo y menos turístico que Samarkanda, bien que ahora sea la estación baja. En el centro de la plaza hay una piscina donde llegaban las

El Registan al atardecer

caravanas en el año 1.620.Ahora los cafes para turistas han ocupado el lugar de los camelleros. Pero el Kalon minarete, construido en el año 1.127 aún no ha abierto un restaurante en su cima. En la época de su construcción fue el edificio más alto de Asia central: 47 metros de alto y 10 de profundidad. Durante casi novecientos años no ha necesitado retoques.

La que si los precisa es Kogadonga. Los ansiados repuestos, rueda y portabultos, llegarán por fin a Tashkent. Allí jugaré mi carta de las visas. Con una falsa reserva de hotel y avión, China parece óptima. De allí el Tibet será la carta más arriesgada: cruzarlo en invierno es un atrevimiento. Pero ya no tengo miedo a estos retos pues he aprendido a convivir con ellos e incluso a necesitarlos.
Desde la ruta, día 1346, Paz y Bien, el biciclown.

Hospitalidad uzbekaPlaza RegistanAseo en la frontera
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