Login

Register

Login

Register

Recibe noticias del Biciclown cada mes

Redes sociales

M-iran

Y no solo eso sino que no frenan para adelantarte pero si para ponerte a tu lado y sacarte una foto con su móvil. Da igual que estés sufriendo como un perro en una subida con más de 35ºC. Para ellos eres un turista. ¿Eres turista?, me preguntan. No puedo explicarles que no. Que un turista viaja para llegar y yo sin embargo ya he llegado. Conozco mi destino final pero no las etapas que me separan del mismo ni los pasos que daré. No viajo, me desplazo por el camino. Un país u otro me da igual. Todos son interesantes pues todos son nuevos. Pero no trato de llegar, porque es inútil, como esos chistes que solo hacen gracia a quien los cuenta. Pretendo volver al punto de partida que dejé un diecinueve de noviembre de dos mil cuatro, pero ya no seré el mismo. Porque quien ha visto ciertos atardeceres, quien ha sufrido subiendo determinados puertos y quien ha besado a algunas mujeres, ya no puede ser el mismo. Ha visto la belleza tan de cerca que sus ojos se han incendiado.

Como por ejemplo cuando ha entrado en una vieja tienda de campaña cerca de la carretera y encuentra en su interior a un abuelo y a su nieto embotando miel. Duermen allí hasta que agoten la mercancía. El abuelo enseña al nieto a cuidar de las abejas, a lavarse en el río, a hacer un fuego? Esa temporada con el abuelo el nieto no la olvidará nunca.

Yo tampoco olvidaré el anochecer en Kandovan. Acampado al otro lado del pueblo, tras salvar una subida llena de piedras y arena, observo como las luces de las casas-chimeneas de piedra se van encendiendo. Una luz cálida que dota de una dosis extra de magia a un lugar de por sí encantador. A más de 2.200 metros de altura la noche es clara y fría y las luces anaranjadas parecen pequeñas fogatas dentro de las casas.

La tarde que llegué, los coches inundaban de combustible el aire, en un monumental atasco. A nadie se le ha ocurrido hacer un parking a las afueras.

Mi amigo el de la coleta
Campesino irani

Esta semana pasada era una gran fiesta en Irán, conmemorando el fallecimiento de Homeini y los iraníes han corrido a practicar su deporte favorito: merendola al lado de la carretera. Al terminar, recoger la manta, el termo del té, y dejar la basura.

Casi mejor que la dejen a que hagan como un elemento que detuvo su coche en la carretera, en mitad de un puente sin arcén, y se bajó a tirar meticulosamente la bolsa de basura al cauce seco del río que, cuando crezca, llevará su montón de mierda al lugar donde posiblemente estaba merendando. Los códigos de conducta en cuanto a la limpieza de los iraníes son inexistentes o se basan simplemente en tirar lo que tienen en sus manos al suelo. En el país hay pocos árboles y el viento corre a sus anchas llevando esa basura de un lado al otro. A un joven que tiró un papel delante de mí, se lo di levantándolo del suelo para que lo tirara a la papelera. Lo volvió a arrojar al suelo.

En esta festividad religiosa las calles se han llenado de banderas negras y de la imagen de Homeini. Pero la gente está muy descontenta con el gobierno que no consigue detener una inflación anual del treinta por ciento. La represión de cualquier síntoma de apertura es sistemática. A mi amigo X, el de la coleta, cuyo nombre no cito para evitarle problemas, le han apaleado varias veces. La policía quiere que se corte el pelo. Desde hace tres años no sale de casa sino acompañado de su padre. Según el Islam más antiguo, las mujeres deben ir cubiertas y sólo se les puede ver un ojo. Pero incluso ese ojo me lo ocultan cuando me las cruzo por la calle. Envueltas en esas telas negras deben asfixiarse. A lo mejor son bonitas, pero aun no he visto una sola.

Para un cicloviajero la vida en Irán no es cara. El pan generalmente me lo regalan en las panaderías, que lo elaboran al momento. En los Internet no me cobran, aunque no se si es por cortesía o porque les da vergüenza dada las lentas conexiones. Si bien ya he aprendido a insistir y, curiosamente, a la segunda vez que les insisten aceptan el dinero. Es como un juego con final feliz ( para el tendero).

Abandoné la ruta principal y me adentré en unas montañas que no se apiadan del ciclista. Más de tres veces por encima de dos mil quinientos metros, con puertos que suben y bajan a la vez, que agotan primero mentalmente y luego fisicamente. Pero plantar la tienda en ese lugar y contemplar las estrellas reconforta y da fuerzas para el dia siguiente. Aunque haya días duros y terribles como el de hoy, en donde el destino te deja de lado y te pone a prueba. Una vez más he salido airoso, pero ahora estoy sin comer y son las seis de la tarde y no se si escribo esto o me estoy durmiendo.

Voy a descansar y tratar de llegar a Teheran para el dia14 y entonces os contaré la de hoy.
Día 1301, paz y bien, el biciclown.

Kandovan de dia
La tienda de la miel


Panadero con abuelo pescador

 

Sin Comentarios

Lo sentimos, los comentarios están cerrados en este momento.