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Algunas semejanzas climáticas

Mirando al mar en la costa norte de Turquía, la del mar Negro, no se ve el horizonte. Cielo y mar se juntan en un incestuoso abrazo donde uno no alcanza a ver. La lluvia se ha aburrido de sí misma y ha forjado un peculiar carácter en las gestes de esta zona. Gentes serias, tímidas, reservadas, poco habladoras, nada que ver con sus hermanos del sur y mucho menos con los del Oeste..

Turquía es un país tan grande que no cabe hablar de una sola Turquía. Los del norte no se entenderían con los del sur, mucho más próximos a los árabes. El país presenta semejanzas con España, donde los norteños tienen fama de ser menos simpáticos que los andaluces. Otras cosas tienen aquéllos. Pero las semejanzas no acaban ahí entre Turquía y España: en esta costa norte también hay hórreos y también cortan la hierba con guadaña. La lluvia ha configurado en la costa del Mar negro un paisaje tan verde que me recuerda mucho a mi tierra Asturias.

La alimentación siendo variada, tiene como elemento imprescindible el pan. En algunos pueblos hay una panadería cada cien metros. Todas exhiben sus panes en el escaparate como si se trataran de libros. El pan más famoso es el de Trabzon, por su forma redondeada, y su sabrosa miga y dura corteza. Es tan grande que lo venden por trozos, al peso.

La poli molestándome una noche
Carne a la brasa

La ausencia de ofrecimientos diarios para dormir me ha hecho recurrir a mi mejor aliada en estos casos: mi tienda, auténtico refugio antinuclear. Los más de doce días que me he tirado desde Estambul hasta Trabzón los he hecho con una sola parada en un río a lavar la ropa. Esa mañana hacía tanto calor que en menos de una hora ya estaba seca. Las duchas han sido térmicas. Es decir, con mi termo. Llenándolo con agua caliente, con un poco de paciencia, valor y un estropajo recuerdo de un hamman de Estambul, procedía a frotarme la piel. Luego con jabón a retirar las abundantes impurezas, y de nuevo un poco de agua para aclarar. Con medio litro me sobra para sentirme limpio. Cuando por fin he podido ducharme tras dos semanas el agua era más oscura que la del café de la mañana.

Atravesando esta parte de Turquía he visto también algunos platos típicos como el Menemen: unos huevos revueltos, con tomate, pimiento y mantequilla que alimentan tanto como engordan. Pero de grasa ando escaso últimamente.

Se acerca el momento de partir de Turquía, en unos días, y siento que dejo atrás un pais confundido. Un país que no sabe hacia donde tirar. Que tan pronto cierra la web de youtube, como prohíbe los casinos, como los permite en la isla de Chipre (en el norte). Un país donde la imagen de Ataturk es el clavo ardiendo al que se aferran los más modernos para no ver el país inundado de mujeres veladas. El partido en el gobierno planta mezquitas en los pueblos pero la gente acude a las cantinas.
Pronto entraré en Georgia y de ahí a Azerbajan. En el verano pondré mis ruedas en Irán y de ahí hacia Asia central. Para entonces tendré que haber desempolvado mis conocimientos de ajedrez pues sin ellos no es posible salir invicto de los enroques de visados que hay que hacer para atravesar la famosa ruta de la seda.

Desde Trabzon, día 1257, paz y bien, el biciclown.


Un Hórreo de chapa

Desde la hamaca la vida se ve mejor
Panaderia con pedazo de bandera turca

 

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