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Moverse en una capital

como Ankara es algo bien difícil. Para empezar todo depende de donde te alojes. Mi amigo Murat a quién conocí junto a su mujer Filiz en Chipre semanas atrás, no me esperaba en su casa a veinte kilómetros de la capital cuando llegué empapado a Ankara. Una brutal tormenta de agua me dejó calado hasta los huesos.

Al llegar a la casa de Murat el vigilante me entregó las llaves de la casa de mi amigo. Al entrar en ese espacio que pertenecía a una familia turca, tres notas me esperaban:
Alvaro si tienes hambre come esto, es para ti (un sandwich), si quieres ducharte, sólo tienes que abrir el agua, y si quieres conectarte a internet hay wireless
Han sido muchas las ocasiones en las que alguien me abre las puertas de ese espacio vital tan privado que es un hogar y me deja a solas, o en las que me dejan un coche y luego me preguntan si tengo licencia para conducir, pero nunca dejo de sorprenderme con esos gestos de absoluta confianza hacia mi. Es en esos momentos en los que me considero un ser verdaderamente privilegiado, tocado por una llave que abre puertas. Pero no todas; sólo las más interesantes. La de Larrotcha no se abrió. Al “segundo” de la Embajada española en Ankara, el policía nacional le comunicó con innegable acento gallego que el biciclown estaba en la entrada.
“No tiene cita conmigo”, aventuro que llegó a decirle.

Es cierto; mi secretaria olvidó coordinar ese detalle los días previos a mi llegada a la capital turca.
Me encontraba recorriendo la maravillosa estepa otomana, con pequeñas villas de las que emergen siempre visibles en la distancia la torre de la mezquita en un país poco practicante. Las mezquitas habilitadas en las estaciones de servicio se encuentran generalmente abandonadas y con menos visitantes que el bar de la misma estación. A Mehmet (el gasolinero de la foto) tampoco le telefoneó mi secretaria.

Acababa de levantarse cuando a las siete y media de la mañana le cayó por ahí el biciclown. El perro de la entrada le despertó con acento kurdo previniéndole de mi llegada. Mehmet abrió la nevera y sacó todo lo que tenía para compartirlo conmigo. Calentó agua para el té y, sin cruzar apenas media palabra ya que el idioma era en este carro barrera y no puente, desayunamos juntos en una fría mañana turca en que trataba de acortar el camino hacia Ankara.
A veces me pregunto para qué voy a las Embajadas de mi país. Tal vez porque no pierdo la esperanza de encontrarme de nuevo con un Alberto Cerezo, con un Antonio, con una Fátima, con un Sebastián…, con personas sensibles que no temen abrir la puerta a un extraño (por más que este sea un compatriota). Más allá del deber, más allá de lo que dice el Reglamento, bajando al coso de las relaciones humanas y dejando el palco de autoridades. Quien sabe si Larrotcha y yo, de habernos conocido, hubieramos tenido un amigo en común, o a lo mejor hubiéramos descubierto que fuimos compañeros de promoción en la Universidd de Navarra, o que a los dos nos apasiona Ángel González, o la música brasileña, o la magia, o…; tal vez me hubiera ofrecido un café. El policía nacional de la entrada, el gallego, de repente descubrió que me había visto en la tele.
Cada vez que entro en una Embajada de mi pais, es como si estuviera actuando en la calle co mi clown. Nada está coordinado de antemano, no hay citas previas (a lo sumo como esta vez algun correo electrónico): juego a improvisar relaciones. Les solicité contactos para mi show (gratuito como todos) pero en esta capital de más de cuatro millones de habitantes no conocen a ninguna organización con la que yo pueda preparar mi espectáculo. Sobre las charlas o los Talleres que algunas Embajadas han organizado (remuneradamente) ya han gastado en marzo todo el presupuesto anual. Obtuve rapidamente la carta que las Embajadas acostumbran a redactarme en la que queda constancia de mi paso (firmada por un tal Larrotcha) y salí por donde entré.
Agradezco a Isabel que me atendiera ese miércoles previo al cierre vacacional y no quiero que leais aquí una crítica resentida a esta Embajada (y a otras que han actuado de igual manera conmigo). Si reflejo este episodio es más para destacar aquí otra parte del proyecto: la de lo espectáculos y su gestación. Una parte de mi vida que no aparece a menudo en mis escritos y que me escuece por dentro.

Al vivir a más de 20 kms del centro desplazarse es bien difícil y gracias a la ayuda de Murat he podido ir a la ciudad. Su coche utiliza gas, pues cuesta cuatro veces menos que la gasolina. Ha puesto tan sólo el combustible necesario para ir y regresar. Murat está en paro y en cuatro días se va a Nueva Zelanda. Harto de la situación política que se vive en este país en donde el Partido en el Gobierno el AKP ha hecho una cruzada en favor de la universalización del velo en la mujer, y que no oculta sus simpatías hacia los árabes, no desea que el país pierda sus raíces otomanas. Ataturk le dió a este país una identidad frente a las numerosas invasiones exteriores, dada la privilegiada ubicación de Turquía cruce de civilizaciones, y todos le reconocen como el padre de la nación. La bandera turca prolifera en las fachadas de los edificios, de las casas y de los automóviles de aquéllos que están en contra de ese romance del Gobierno con lo árabe.

La libertad en internet ha comenzado a resquebrajarse y ya no se puede acceder al conocido sitio de Youtube (donde tengo colgados algunos videos como sabeis), y Murat no quiere que sus dos hijos de 10 años y 15 meses crezcan en ese jardín de limitaciones. No ha dudado en romper la hucha y tomar un avión a Nueva Zelanda. Allí, con visa de turista, espera encontrar trabajo y regresar para llevarse más tarde a su mujer y sus hijos. Emprender una nueva vida es siempre posible, por muchas cargas familiares, basta un espíritu emprendedor y ?un par?.
El viernes partiré hacia Estambul donde la semana que viene Jeroem, el mecánico oficial de Bike Tech aterriza con un cuadro reforzado para solventar el problema que tuve en Aleppo (Siria) cuando se partió la pieza del cuadro a la que el portabultos trasero va sujeto. Algo muy raro, pero que en cualquier caso siempre tiene solución contando claro está con muy buenos amigos. Aprovecharemos además para cambiarle el aceite al buje Rohloff. Ese buje que contiene en su interior todas las marchas es una auténtica maravilla. Hace que el cambio de marchas sea casi automático, que no precisa ningún esfuerzo. Además limpiar la cadena cuesta menos que cepillarse los dientes. Realmente os aconsejo probarlo a quienes tengais pensado algún viaje largo. Es, como todo lo bueno, para toda la vida. Ya llevo más de 5.000 kms desde que partí de El Cairo y está como el primer día. El desvío a Estambul, no previsto en mi ruta que tiene marcada vocación asiática, lo haré en tren o en autobús. Allí estaré unos días y trataré de buscar contactos para el espectáculo. Luego regresaré de igual modo a Ankara y reemprenderé el camino hacia la frontera con Georgia.

Aprovecharé para darle el empujón definitivo a la nueva web, que parece que va a nacer en breve pero con cesárea, y a la que Fernando está dedicando todo su tiempo libre. Este lunes no habrá entrevista en Punto Radio, pero la semana siguiente volveremos con las entrevistas que desde comienzos de año viene haciéndome esta emisora en el progrma A día de hoy y que Marcos Cruz publica en su web
Desde Goksu Goleti, Ankara, dia 1.218 Paz y Bien, el biciclown

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