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Una isla para no perderse

Cuando abandoné Siria rumbo a Turquía, en el último control policial, un militar me aguardaba plantado delante de la barrera. Me detuve y le extendí mi pasaporte. Lo tomó con ambas manos y lo hojeó en busca del sello de salida. Al verlo, y al comprobar que yo era español, me agarró la cara con la suavidad con la que una madre levanta a su hijo de la siesta y al mismo tiempo con la determinación con la que el árbitro pital el final del partido, y me plantó un beso en la mejilla diciendo:

“Ahalan wa salan” ( o sea, bienvenido).

Cuando salí de la parte griega de la Isla de Chipre el policía ni siquiera levantó la vista del periódico ni se quitó el puro de la boca para decirme alguna cosa. Haciéndome una seña imperceptible con los ojos me indicó que podía largarme. La parte de la Isla de Chipre de la que vengo de rodar una semana, administrada por los griegos y por lo tanto terreno de la Unión Europea, es una isla para no perderse. Por dos motivos opuestos: porque su naturaleza es preciosa y porque sus gentes no saben sonreír. A veces pienso que es muy osado por mi parte emitir un juicio de valor tan genérico con tan poca información. Es cierto que es así, y no lo es menos por más que crea que acierto a veces con esas afirmaciones. Por ejemplo la de que la parte sur de la isla (en adelante la llamaré la griega) está llena de gente infeliz. Cuando le comenté esto al dueño de un pequeño supermercado instalado en una casa prefabricada (por 24 mil euros) me dió la razón. Él era italiano y llevaba cinco viviendo en la isla, pero estaba casado con una chipriota.

“Esta gente tiene todo, tiene el sol, el mar, la nieve y la montaña, pero arrastran su cara por el suelo en vez de ir con ella bien alta”, me decía.

En más de una ocasión tuve que repetir dos veces el saludo para obtener la contestación. También más de una y de dos veces entré en las tiendas cual torero haciendo el paseillo, saliendo por donde había entrado sin haberme siquiera quitado la montera. Los precios están en Pounds (moneda de la Gran Bretaña) y traducidos a Euros. Mi economía sufrió un duro golpe semejante al de Wall Street en el 29, viéndome abocado a cocinar un día si y otro también. Hacía mucho que no me pedían un euro por un kilo de tomate, o dos euros por uno de plátanos. Se acabó eso de poner en la balanza un tomate y un cebolla y pretender que te hagan precio conjunto.

En la parte griega hay más Pubs (con gran pantalla televisiva emitiendo 24h deportes), casas de apuestas y burdeles que internets. Tal vez será por eso que el precio de estos últimos es abusivo: cuatro euros la hora. La cara que se le quedó a algun dueño de los cyber cuando les dije que en África no pagaba más de medio euro por una hora.

Tras unos días rodando con una amiga turca comprendí que mi libertad estaba siendo ampliamente amenazada y decidí poner aire de por medio. Ella no podía cruzar al lado griego, por lo que emprendí esa parte de la isla gozando mi nunca bien valorado estado de celibataire . Afronté la subida al Monte Olimpos, una parte de la isla muy accidentada, donde la nieve aún adorna las laderas. El frío a la noche era intenso pero no me impedía disfrutar de mi Hotel particular, dentro del cual me siento como en casa. Nada mejor que una buena tienda para recobrar el calor perdido.

Otro de los negocios en alza en la parte griega son las inmobiliarias. Parece que no hay ninguna ley que defienda a la isla de la máquina del cemento y crecen casas, lujosas eso sí, en cualquier esquina. Para mí las casas en construcción, aún sin techo y ventanas, son un lugar perfecto para pasar la noche. Suelo irme antes de que lleguen los currantes por la mañana.

La isla está plagada de monasterios ortodoxos o de pequeñas capillas. Uno de los más famosos es Kykos que está muy bien conservado. Sus mosaicos son de un colorido y una pulcritud extrema, tanto como el celo de los curas por no verte las piernas. Las mías creo que llegaban a excitarles, pues aunque me las cubrí con el turbante (a modo de pareo) insistían tanto en que me pusiera pantalones largos que opté por irme. ¿Por qué será que ciertas personas se fijan más en la imagen externa que en el corazón de las personas? En fin, esta historia ya es vieja y no tiene solución.

Los almendros están en todo su esplendor en esta época del año y me alfombran el camino al tiempo que los pinos me acarician el cabello. En el aire hay tantos olores naturales que creo padecer una borrachera. Los pájaros me despiertan por las mañanas justo antes de que el sol entre por la tienda. No importa que lleve ya seis días con la misma ropa para pedalear y sin tomar una ducha en condiciones. Sólo hay algo que me inquieta.
Estoy dando la vuelta a una isla, haciendo un círculo, y no avanzo en mi recorrido. Pero pienso que aunque pise el continente no dejaré de dar una vuelta en círculo, para terminar regresando a Oviedo un día, y que al fin y al cabo lo importante no es a donde llegamos, sino el camino que utilizamos para hacerlo. Estos días me he perdido en una isla, me he tomado unas minivacaciones en mi libro de ruta, para alargar aún un poco más el placer del camino. Aunque las personas del lugar no han sido lo más amables que he visto en estos tres años, he disfrutado de la naturaleza que me regalaba árboles repletos de naranjas dulces, que he comido hasta que mi navaja ha perdido el filo.

Y no han faltado algunos gestos amables, como el de Andrea regalándome un litro de zumo a la salida del supermercado donde no querían echar un vistazo a mi bici mientras hacía la compra, o el de aquél hombre sesentón con el que no pude intercambiar una sola palabra por mi desconocimiento del griego que me invitó a un riquísimo café en el jardín de su casa. He salido sabiendo decir una sola palabra en griego, GRACIAS, que he utilizado hasta en los casos en los que la gente no era amable.
Si viajais en esta época del año a la parte griega de Chipre, al sur, no vereis más que turismo británico poniendo a prueba su cuarto by-pass para orgullo de su cardiólogo, conduciendo pequeños coches de alquiler más despacio que yo mi bicicleta.
El lunes de madrugada estaré pisando de nuevo el continente, Turquía, para encaminarme rumbo a Ankara. Las gestiones encaminadas a realizar algún espectáculo en este país de nuevo van por mal camino, toda vez que tras solicitar de mi Embajada algún contacto local para actuar no he tenido respuesta alguna. Mi propuesta de organizar alguna charla o Taller de clown ha sido acogida con un frío: “no tenemos presupuesto…”, lo cual no por ya oído en otros países me suena menos mal. El Instituto Cervantes en Estambul no contesta y en fin, pienso que sería de mi si las cosas fueran más fáciles a veces, si no hubiera cuestas en el camino, si tuviera siempre una ducha a mano, si cada mañana me despertaran con un beso, si los almendros tuvieran siempre flor, si…; pues que la vida dejaría de ser interesante.

Según mi horóscopo una nueva web debería haber visto la luz hoy, pero los horóscopos ya sabemos siempre se equivocan, y si el satélital funciona en el barco que he de tomar el domingo por la noche, como cada lunes a las 5,15h a.m horario peninsular, en Punto Radio, podeís escuchar en directo la entrevista semanal con Alejandro y que Marcos y Alegría se encargan luego de grabar y trascribir en la web aliome.net.
Gracias a Leban, perdón amigo pues no se cómo se escribe, ahora me alojo en una casa y he tomado la ducha y hasta he lavado la ropa. Desde aquí aguardo a que él venga de llevar a su compañero de piso al casino. En la parte norte (turca) de la isla hay 22 casinos para una población de 400.000 personas. NO VA MÁS.
Desde Lapta (Chipre-turco) día 1.200, Paz y Bien, álvaro neil, el biciclown

2 Comentarios
  • GLORIA
    Publicado a las 23:04h, 11 mayo

    QUE PASADAAAAAAAAAAAAAA ES ESPECTACULAR

  • Richard
    Publicado a las 06:15h, 12 mayo

    Simplemente hermoso.