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Tenemos los melones por los suelos

Un empujón, los últimos metros, una noche más y ya estoy saliendo de Uzekistan. Un país que, como los anteriores que he recorrido de la Antigua URSS, tiene la sonrisa perdida. Borrada por un futuro incierto y una amplia selección de Vodkas. No me asombran ya los supermercados con media superficie dedicada a bebidas alcohólicas. Ni tampoco las mujeres que venden en la puerta de sus casas refrescos o un cubo de tomates o de manzanas. Es la época

Y también de los melones y las sandías. Amontonados en pilas interminables al lado de un árbol que da sombra, parecen brotar ahí mismo, al lado de la carretera. Su dueño vive a su lado. Se ha llevado la cama junto a la montaña de melones y por el día los vende y por la noche los vela. Una buena pieza cuesta menos de un euro. Los uzbekos los aman con la misma pasión que el vodka y no hay día que no devoren uno. Tal vez encuentran más placer en llevar a la mesa una fruta tan grande que en el manjar en si mismo. Es como si hubieran conseguido un gran trofeo en el bazar de frutas y verduras. Caballo grande ande o no ande. Pero no solo los melones y las sandías están por los suelos. La economía los acompaña. Una profesora de alemán en una Universidad de una ciudad de tamaño medio del país, no gana más de cien dólares. El gas no cuesta casi, y el agua tampoco, pero la electricidad sí. Y si además el marido le da por empinar el codo, con cien dólares no llegan muy lejos. Tal vez al día veinte del mes, no mucho más.

Decorando la casa
Ensalada de pensamientos
Kashgar, en china, que os suene
Jacuzzi en ruta

Mientras recorro las carreteras, destrozadas, de este país con kilómetros y kilómetros de campos de algodón que comienzan a florecer, blanqueando el campo como si fueran gaviotas posadas en pequeñas ramas, pienso el motivo de porque este pueblo ha perdido la sonrisa. En África no había tampoco mucho dinero, ni mucho futuro, pero la gente era mucho más feliz y mucho más alegre. Mientras culmino el paso de 2.267 metros que me coloca en la frontera de Kyrgigistan, dejó de un lado la pregunta y me concentro en la ruta. A las cinco de la tarde la ruta se vuelve peligrosa, pues los conductores ya llevan encima tres o cuatro cervezas y alguna que otra botella de vodka. Se aprecia porque cada vez saludan más efusivamente ( y más cerca).

La temperatura sigue siendo muy elevada. Más de cuarenta y cinco grados a las dos de la tarde. Los canales que sirven para regar los campos de algodón, me sirven para lavarme, limpiar la ropa, adecentar la bici y hasta afeitarme. Por supuesto que el agua no tiene muy buen sabor, pero es mejor que el vodka. Aunque una mañana me sorprendí a mi mismo aceptando la invitación de mis compañeros de charca, y metiéndome un tazón de vodka en el cuerpo. La de cosas que hace uno cuando viaja, cuando convierte el mundo en su casa. No hay nada mejor que adoptar nuevas costumbres, cambiar de hábitos de tanto en tanto.

He tenido el placer de compartir unos días con Salva, un nómada granadino al que ya me he referido antes. Y también con Andie, el austríaco compañero del pedal de Sabine (la pequeña suiza que fue violentamente atropellada en Irán), con el que aún continúo. Hablando inglés me paso ahora pues los días. Respondiendo a la cansina pregunta de Akkuda: algo así como De dónde? En ruso. El pobre Andie tiene que repetir tres veces Austria, aunque ellos lo traducen como Australia.

Hoy hemos encontrado el porche de una casa abandonada para dormir. Ha sido llegar, colgar la ropa en la baranda y sentirnos en casa. Por si faltara un detalle he pegado algunas fotos mías en la pared de la casa. Los vecinos, al acercarse con un pan o un melón, y ver las fotos, no les cabía ninguna duda de que llevábamos viviendo allí muuuuucho tiempo. La luna empieza a crecer y las noches siguen siendo calurosas, pero cada vez menos. Los días se acortan al tiempo que el algodón inunda las ramas y los uzbekos buscan en el fondo de una taza de vodka la sonrisa que el comunismo les robó para siempre. Gracias a este pueblo que ha sido generoso conmigo y que Dios tenga en su gloria (pronto) a los estúpidos conductores de este país.
Día 1361, Paz y Bien, álvaro el biciclown (el aprendiz de cazador de instantes).

P.D El gran Salva me ha pasado un libro que no tengo menos que recomendar aquí. Cuaderno de Travesía, de Rafael Argullol. El inicio contiene un ensayo sobre el Verdadero Juicio Final que no tiene línea de desperdicio. Entendereis así el porqué de mi apelativo tras lo de biciclown.

 

Modelos Uzbarbie

 

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