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A las 3:40 a.m. el despertador emitía un débil bip (debo cambiarle la pila). Sin pensarlo dos veces salí del enjambre de saco y mosquitera y me calcé las botas. En quince minutos estaba en la calle buscando el sendero hacia la montaña sagrada para Judíos, Católicos y musulmanes.

Los locales no ayudaban demasiado en mi búsqueda, pues querían que les contratara como guías. Pero una vez hallado el sendero todo era más fácil que una excursión de domingo con el colegio. La oscuridad se había tragado las huellas de Moisés, cuando recibió a recibir las Tablas sagradas con los Diez Mandamientos. Pero no se había llevado el montón de basura que los turistas van dejando en el ascenso, tal vez, intentando dejar rastros para hallar el camino de regreso. En una hora y media cubrí el ascenso.

Arriba el sol aún se resistía a salir de la última nube con la que había pasado
la noche. Un monje recitaba varios salmos en dirección al astro rey. Unos italianos jodían el espectáculo con sus comentarios en alta voz, ajenos a la belleza aconfesional del momento. Lástima que para viajar no hagan ningún exámen. Hay mucho indocumentado por ahí.

La bajada de Yebel Musa (2.285m) fue rápida, pero pude tomar algunas bellas fotografías del Sinai, un lugar de paso entre el egipto faraónico y el oriente; por aquí pasaron nómadas, hebreos y hasta Napoleón. Ahora me toca a mi, ir al encuentro de la costa. En Nuweiba se me acababa Egipto. Más de cuatro meses en este país con muchas caras. Una desde luego la que conocen los turistas de crucero y quince días. Otra la que una persona que ha vivido en El Cairo tres meses y medio descubre. Gente oprimida en su pensamiento y en su alegría. Con una presencia cada vez mayor del Islam en su versión más retrógada. Mujeres veladas por la calle y hombres babeando cuando ven el tirante de un sujetador.

Un país con enorme presencia policial, un policía cada 37 egipcios, y sin embargo un médico cada 10.000. Estos datos los ofrecia en su columna un periodista al que después molieron a palos y lo dejaron desnudo. La libertad de prensa está en la cárcel. Pero nada de eso se ve al principio. Hay que hurgar un poco en la cotidianeidad, abusar de los tés, y vivir con un euro al día para darse cuenta de la falta de alegría en un pueblo, el egipcio, que vocifera y saca su mala leche con el inagotable claxon.

En Nuweiba hallé uno de esos remansos de paz que necesitaba. El Soft beach camp, a orillas del Golfo de Aqaba dondé me curé de la borrachera de las alturas. Llegar fuera de temporada permite disfrutar más aún de las bondades de estos lugares. Allí conocí un periodista egipcio-italiano que había leído uno de los artículos que me habían hecho en un diario no gubernamental. Él aplaudía mis comentarios sobre la situación egipcia, porque estaba cansado de leer comentarios de turistas que no reflejaban lo que él consideraba era la realidad. A la entrada de la casa de este sesentón una bici con alforjas me dio las buenas noches cuando me invitaron a cenar.
Estaba de suerte, y continué en ese estado de gracia cuando fui a pedirle al manager de la compañía que fletaba el barco a Jordania un billete gratis. Quería ahorrarme 50 dólares. Accedío sin problemas. Incluso decía que si no podía pagar las taxas?, pero éstas sí podía satisfacerlas. Y lo hice con gusto.

Como había llegado con mucho tiempo de antelación, me zambullí en las prístinas aguas de este golfo, poblada en abundancia de peces de colores. El policía egipciano intentó evitarlo, pero llegó cuando ya tenía la cabeza dentro del agua.

Al entrar en el barco me pidieron el billete, y no se creyeron que me hubieran invitado. Había tenido la precaución de pedirle a mi mecenas el teléfono móvil. Le llamamos y confirmó el ticket gratis. Quien me ponía ahora obstáculos terminó por invitarme a comer durante la travesía. Los jordanos parecen más tranquilos que los egipcios, menos voceras, y te dejan ir a tu aire.

Al llegar a Aqaba (Jordania) era de noche y opté por poner mi tienda bajo unas montañas de tierra cerca del puerto. Días más tarde me adentré hacia Wadi Rum, uno de esos desiertos flanqueados por hermosas rocas graníticas, paraíso de la escalada. Lamentablemente la entrada cuesta dos euros. Aunque nuevamente tenía suerte y me dejaron pasar si pagar. Ahora, tras haber limpiado la cocina y actualizado el diario, estoy frente a una de esas moles de 200 metros de altura, que recibe los últimos baños del sol, y ofrece un mosaico de naranjas indescriptibles. En breve colocaré la tienda (un nuevo modelo que me da grandes alegrías por su fácil montaje y espacioso interior) y prepararé una pasta con atún. A la noche la temperatura bajará a cero grados, pero dentro del saco de plumas espero cerrar los ojos y tener mis primeras conversacion asiáticas con Maxi, protegida ahora detrás de la alforja del manillar. Y si el sueño tarda en llegar, cosa difícil, me dedicaré a contar ovejitas, o mejor dicho en este caso, camellos.

Desde un lugar del Planeta donde la vida no parece dejar de sonreír, Paz y Bien, día 1118, el biciclown

acceder a internet en Jordania es tan dificil como comprar papel higienico en una tienda. No hay.

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