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Risas en el norte

Esta vez pude comprobar los efectos del show. Generalmente no me quedo mucho tiempo en los lugares donde actúo. Pero en Wukro pasé un día más. Ángel no pudo asistir al show, pues tenía una reunión con mujeres a las que había dado crédito. De 98 que debían acudir fueron sólo 11. Pero no por eso se le borró la sonrisa.

A la noche acudí con él a las casas de los huérfanos. En una habitación con dos colchones vivían cinco hermanos. El mobiliario del cuarto, junto con los mencionados colchones sin somier, estaba compuesto de mesita, una bombilla y varios pósteres de equipos de fútbol, o de Jesucristo en medio de un grupo de leones. Los chicos le contaban a Ángel, en Tigriña, los detalles del número del huevo, o el pañuelo que desaparece, y otros simulaban tirar bolas de malabares al aires y recogerlas con inusitada rapidez.

Tras la visita que se prolongó más de una hora, Ángel era capaz de decirme en qué había consistido mi espectáculo. Una gozada comprobar que los chicos se acordaban perfectamente de cada minuto del show de casi una hora.

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