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La montaña sagrada de los masai (segunda parte)

Tomas se detenía de vez en cuando a esperarnos.
Nuestro ritmo no era en absoluto malo, pues ascendimos en 3 horas cuando la mayoría de la gente lo hace en 5.

De hecho llegamos a la cumbre una hora antes de amanecer. El cielo estaba cubierto y el frío era insoportable hasta para el amigo masai, así que buscamos refugio en uno de los huecos por los que el volcán dejaba escapar humaradas de azufre caliente que nos adormecía. Así pronto transcurrió una hora y comenzó a clarear. Pero el cielo no quiso dejar salir el sol. Aguardamos una hora más en la cumbre hasta que pudimos tomar algunas fotos y disfrutar de la belleza de este monstruo de roca somnoliento, que cuando bosteza quema el valle.

En el descenso, de dos horas, el valle dorado por el que los masai pastorean se extendía a nuestros pies. En esta tierra de ceniza sólo los guerreros sobreviven.

El pueblo más próximo a la montaña Ol Doinyo Lengai es Engereso, que toma su nombre de un río que parece un milagro en este desolador paisaje. Una cascada necesaria para deshacerse del polvo y ceniza que cubría nuestra piel y nuestra ropa.

De regreso otras cuatro horas de traqueteo demoledor para los huesos en una furgoneta cuyas posibilidades de triunfar en el Paris-Dakar aumentaban a cada kilómetro. Por el valle se dejaban ver cebras, jirafas, cervatillos, marabúes, y hasta avestruces. De estas lo que más me gusta a parte de verlas correr moviendo el trasero como una mamá africana que pierde el autobús, son sus huevos. En Sudáfrica donde la cría de avestruces es un negocio en alza no los pude probar. Dos niños masai de no más de 10 años nos ofrecieron varios huevos gigantes.

Con uno sólo de ellos haremos estos días tortilla española.

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