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La montaña sagrada de los masai (primera parte)

La primera foto que vi de esta montaña me cautivó.

En ella se veía un grupo de vacas conducidas por un Masai, dirigiéndose por un terreno abrupto hacia un cono perfecto que se elevaba solitario en mitad de una estepa amarilla. En seguida imaginé, y deseé, ver esa montaña. Fue más tarde, buscando información descubrí que era uno de los pocos volcanes activos en África. Hace no más de dos meses volvió a entrar en erupción.

Llegar hasta sus faldas en bici es misión casi imposible, pues el camino se desdibuja y es enterrado por la arena. Con el nuevo fichaje, Jokin, recurrimos a los servicios de un conductor privado. No está a mas de 180 kms de Karatu, pero se tardan casi cuatro horas en llegar. El ascenso a la montaña se realiza de noche, más o menos en torno a la una o las dos de la madrugada.

Antes hay que hacerse con los servicios de un guía. Pocos o ninguno son profesionales, aunque los masai han subido a este volcán desde niños y conocen el camino que la lava quiere borrar, jugando con ellos al escondite. Al principio tratar de cobrar unos 60 dólares, y sólo mucho de experiencia y templanza de nervios puede obrar el milagro de bajar el precio hasta los 40 dólares. Esta cantidad representa casi el salario mínimo en Tanzania. Ingresar ese importe por menos de 12 horas de trabajo es para estas gentes como que te toque la lotería. Ello explica los deseos de todos por ser guía. Al final, un auténtico masai, Tomás nos llevaría hasta la cima.

Para salvar los 1.500 metros de desnivel iba calzado con las típicas sandalias masai. La suela es un trozo de neumático de camión. Nada de calcetines. Tampoco pantalones, sino sólo una de sus telas que sirven para identificarlos. Para el torso unas cuantas telas más. Su famoso cuchillo afilado por ambos lados, sime, y un buen palo generalmente de madera de acacia.

Otro rasgo inconfundible de los masai son los lóbulos de sus orejas. Totalmente partidos, por cuyo agujero cabría una pelota de golf.

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